Efectuábanse con admirable precisión las convocatorias; el servicio de centinelas era permanente para los pueblos, y una reserva de doscientos caballos elegidos en cada uno, completaba aquella bélica organización. Mamelucos y salvajes experimentaron pronto sus efectos, y no iba á pasar mucho sin que las mismas tropas del Rey tuvieran que habérselas sangrientamente con los guerreros guaraníes.[84]

La vida que los PP. hacían, así como su situación moral respecto á los indios, mantenía entre unos y otros una distancia verdaderamente inmensa. Más que amos, estaban en una relación de semidioses con sus subordinados. Éstos no tenían relación con el mundo, sino por su intermedio. Ni los caciques sabían leer y hablar otra lengua que el guaraní. Trabajaban, pero no poseían; y todo, desde la alimentación al vestido y desde la justicia al amor, les era discernido por mano de los PP. Carecían de cualesquiera derechos, puesto que la voluntad de aquéllos reglaba la vida entera; mas en cambio se les imponía deberes: situación de esclavitud real que sólo se diferenciaba de las encomiendas, porque siendo más inteligente, resultaba mucho más templada.

Resignados á ella, los indios la aceptaron como más tolerable, pero el caso moral continuaba siendo el mismo; y esto explica por qué en siglo y medio de aparente bienestar, no consiguió vincularlos á la civilización. El Padre director era la encarnación viva del Dios que se les predicaba, y esto sin duda aligeró en gran parte su situación de servidumbre; pero sacerdote ó laico, el amo nunca provocó la fusión de razas, y continuó siendo amo á pesar de todo. La situación más envidiable para el indio reducido, era formar parte de la servidumbre que los PP. mantenían en su convento, lo cual da, mejor que nada, una idea de aquella sociedad. Los Visitadores, regiamente tratados, no veían, como sucede generalmente, sino lo que sus huéspedes deseaban, juzgando sobre los indios por su situación aparente; y la Corona, cuyos ideales teocráticos realizaban los jesuítas en aquella miniatura de Imperio Cristiano, hallaba en ellos á sus vasallos más fieles.

El comunismo era riguroso. Á los cinco años, el niño pertenecía ya á la comunidad, bajo el patronato de alcaldes especiales[85] que vigilaban su trabajo diario. No bien rompía el alba, se los llevaba diariamente á la iglesia, de donde pasaban al trabajo de campos y talleres hasta las tres de la tarde. Á esta hora regresaban, conducidos siempre por sus capataces, y después de nuevos rezos volvían recién á sus casas. La paternidad quedaba de hecho suprimida con este procedimiento, que preludiaba de cerca la abolición de la personalidad. Cuando llegaba el momento de que los jóvenes tomaran un oficio, los PP. lo indicaban. Igual hacían con los matrimonios, que resultaban así verdaderos apareamientos. Nada había fundado en la libre iniciativa ni en el amor, que aquellos célibes no podían entender sino como una paternidad mecánica. La obediencia pasiva acarreaba un estado ficticio de producción, y como nadie poseía nada, todos trabajaban lo menos posible. Destruido el incentivo de la independencia personal por el trabajo, que al producir el máximum de esfuerzo en cada uno, beneficia á la colectividad, el egoísmo, exaltado á fuerza positiva por este medio en las agrupaciones civilizadas, asumió allá el carácter de una pesimista desidia. Aquellos indios no iban al trabajo sino por la fuerza, hurtándole cuanto podían con mil arbitrios ingeniosos, exactamente como los niños en la escuela: no veían el fruto de su trabajo, no comprendían su objeto, y se les volvía naturalmente aborrecible. Fuera de hilar y trabajar la tierra, las mujeres nada sabían, siendo rarísima la que cosiera. Esta particularidad se debe á la extraordinaria sencillez de los trajes, que apenas requerían costura, y da idea de la pobreza general.

De tal modo es infecundo el despotismo, que hasta en lo relativo á la religión, propósito casi exclusivo de la conquista espiritual durante su primera época, los indios manifestaban una perfecta inconciencia. Cierto que al degenerar en comercial la obra, ese factor pasaba á segundo término; pero como era el pretexto, su importancia formal continuó siendo grande, y en todo caso igual para los naturales. Apenas expulsados los PP., las costumbres se depravaron; volviendo rápidamente á la instabilidad salvaje; y no fué raro encontrar, promiscuando en la misma casa, varias parejas incestuosas y adúlteras. En la confesión, que sólo efectuaban obligados, salían del paso acusándose de culpas que no habían cometido y comulgando en seguida, sin el menor empacho por el sacrilegio. Carecían de noción clara sobre los pecados que habían de confesar y olvidaban con frecuencia hasta los días de precepto. Ello es tanto más significativo, cuanto que todo se hacía rezando. Plegarias, cantos religiosos con acompañamiento de imágenes y ceremonias, para la entrada y salida del trabajo, para los asuetos, para las comidas. El carácter conventual estaba exagerado hasta lo increíble. La enseñanza de la doctrina y de las oraciones, ocupaba más tiempo que la de los oficios útiles. Habría podido creerse que la extraordinaria pompa de las fiestas, produjera una impresión durable en el ánimo del salvaje. Nada pudo contrarrestar la sombría decepción de esclavo que embargaba su espíritu, y fué el gran melancólico de una opresión incomprendida.

Ley escrita no había, y la conducta estaba regulada por la voluntad de los PP., que castigaban justicieramente casi siempre, pero en forma discrecional. Administraban justicia, sin que los tribunales comunes pudieran citar á juicio á los indios, y tenían facultad hasta para aplicar la pena de muerte. Los azotes constituían la más común, y para que nada faltara á la autoridad absoluta de carácter divino, que revestían, era obligación del azotado ir después del castigo á agradecérselo de rodillas como un bien, besándoles la mano en señal de sumisión...

Dije ya que desde los cinco años se apoderaba de los indios la comunidad; mas lo peor es que esta tiranía colectiva, no terminaba jamás. Casados, es decir en la situación que todas las convenciones sociales consideran sinónima de independencia, excepto para los siervos, entraban bajo la potestad de otros alcaldes, que á su vez los dirigían por delegación, concentrándose así en manos de los PP. una suma de poder como no la ha tenido gobierno alguno en el mundo.

NOTAS:

[59] Éstos se llevaron siempre bien con los conquistadores laicos, llegando á vivir á unos pocos kilómetros de la Asunción en completa paz hasta el ataque que les llevó sin causa alguna el gobernador Reyes, hechura de los jesuítas. (Cap. V.)