[70] No obstante, después que la revolución comunera de que se hablará más adelante puso de manifiesto el odio paraguayo hacia los jesuítas con la intensidad expresada por el P. Lozano, el real rescripto del 6 de noviembre de 1726 puso las reducciones bajo la jurisdicción de Buenos Aires; pero fué una medida de política ocasional, que preludiaba probablemente la autonomía definitiva.
[71] Tal vez era el mismo de Itapuá que fué llevado á la Asunción, ignorándose su paradero. El mismo religioso publicó en Barcelona en 1752, bajo el título de Lunario de un Siglo, un almanaque astronómico para las visiones, aplicable desde 1740 hasta 1841 y prorrogable hasta 1903. La hora está regulada en él por el meridiano del pueblo de Mártires y comprende observaciones efectuadas desde 1706. Es una notable obra cosmográfica, cuya dedicatoria á la Compañía, y cuya introducción, revelan por otra parte un literato y un hombre de ciencia nada común.
[72] El texto guaraní dice lo siguiente:
«La ignorancia que hay de los bienes verdaderos, y no sólo de las cosas eternas sino de las temporales.»
«Para el uso de las cosas ha de preceder su estima, y á su estimación su noticia, la cual es tan corta en este mundo, que no sale fuera de él á considerar lo celestial y eterno para que fuimos criados. Pero no es maravilla que estando las cosas eternas tan apartadas del sentido, las conozcamos tan poco, pues aun las temporales que vemos y tocamos, las ignoramos mucho. ¿Cómo podemos comprender las cosas del otro mundo, pues las de éste en que estamos no las conocemos? Á esto puede llegar la ignorancia humana, que aún no conoce aquello que piensa que más sabe. Las riquezas, las comodidades, las honras, y todos los bienes de la tierra que tanto manejan y codician los mortales, por eso las codician, porque no las conocen. Razón tuvo San Pedro cuando enseñó á San Clemente Romano, que el mundo era una cosa tan llena de humo, en la cual nada se puede ver; porque así como el que estuviese en semejante casa, ni vería lo que estaba fuera de ella, ni lo que estaba adentro, porque el humo estorbaría la vista clara de todo; de la misma manera sucede que los que están en este mundo, ni conocen lo que está fuera de él, ni lo que está adentro; ni entienden cuánta sea la grandeza de lo eterno, ni la vileza de lo temporal, ignorando igualmente las cosas del cielo como las de la tierra, y por falta de conocimiento truecan los frenos en la estimación de ellas, dando lo que merecen las eternas á las que son temporales, y haciendo tan poco caso de las celestiales como se debe hacer de las perecederas y caducas, sintiendo tan contrario á la verdad, como nota San Gregorio, que al destierro de esta vida tienen por patria, á las tinieblas de la sabiduría humana por luz, y al curso de esta peregrinación por descanso y morada; siendo causa de todo esto la ignorancia de la verdad y poca consideración de lo eterno. Por lo cual á los males califican por bienes y á los bienes por males. Por esta confusión del juicio humano rogó David al Señor que le diese de su mano un maestro que le enseñase, etc.»
[73] Ver el plano de San Carlos.
[74] Ver para más detalles el Capítulo sobre las ruinas. Los muros en cuestión pertenecen al tipo ciclópeo que Schliemann en su «Micenas», clasifica de primero y tercer período.
[75] Los invasores de San Pablo eran llamados también mamelucos.
[76] La ley XVII de Indias, ordenaba que la arquitectura de las casas, en las poblaciones del Nuevo Mundo, fuera enteramente igual.
[77] Calculando tres personas por metro cuadrado, resulta que esta iglesia podría contener seis mil: los habitantes de un pueblo entero.