[92] En 1732, para no concurrir á la represión del Paraguay adonde enviaron prisionero al teniente de rey que para ello se aprontaba.
[93] Casi al mismo tiempo, el P. Falkeuer (ver el epílogo) notaba igual cosa en las campañas argentinas.
[94] No necesito advertir que mi narración del movimiento comunero, es simplemente esquemática, habiéndola elegido sólo por ser el más importante episodio político de la época y el más significativo á la vez.
VI
Expulsión y decadencia.
El Tratado de Permuta entre los Gobiernos lusitano y español, que cambió la Colonia del Sacramento al primero, por los pueblos que el segundo poseía en la margen oriental del Uruguay, interrumpió aquella tranquila dominación.
Dichos pueblos eran, en efecto, las siete reducciones jesuíticas del Brasil, que por el distrito del Tape y Porto Alegre buscaban el soñado desahogo sobre el Océano.
Liberal se había mostrado la Corona en sus indemnizaciones á los habitantes. No sólo podían éstos retirarse con todos sus bienes á las reducciones de la costa occidental (Art. 16 del tratado), sino que se daba á cada pueblo 4.000 pesos para gastos de mudanza, eximiéndoselo además del tributo por diez años en el nuevo paraje donde se situara. Pero esto era nada en comparación de lo que se perdía. Arrojados de la Guayra por los mamelucos, y abolido por consecuencia todo intento de comunicarse á su través con el Atlántico, los PP. habían diferido la realización de este propósito dominante, para cuando replantearan sobre bases más sólidas el núcleo de su Imperio. Comenzaba esto á lograrse, después de ciento y pico de años de esfuerzos, avanzando ya su dominio hasta la Sierra del Tape, donde tenían vastas dehesas, dependientes de las reducciones de San Juan y San Miguel—cuando el tratado de 1750 vino á desvanecer por segunda vez sus aspiraciones. Era demasiado, sin duda, para que lo sufrieran tranquilos, y la insurrección guaraní de 1751 lo demostró enteramente.
No creo que los PP. llevaran ninguna idea separatista en ello. Semejante imputación fué una calumnia, que la Corona recogió cuando le convino, para explicar la expulsión, junto con la leyenda ridícula, circulada por los publicistas anticlericales de Amsterdam, según la cual aquéllos habían proclamado rey del Paraguay á un cacique, con la intención de separarse de España;[95] pero me parece no menos evidente, que la insurrección tuvo origen jesuítico. Queríase, sin duda, impedir su trabajo á las comisiones demarcadoras, mientras se gestionaba ante la Corte la denuncia del tratado; cosa después de todo factible, en época de semejante instabilidad, y cuando el mismo documento de Utrecht no había remediado nada. Entretanto, la guerra demostraba á las dos Coronas cuán ruinosa iba á salirles la ocupación en campos enteramente arrasados por las montoneras, y con habitantes que incendiaban sus pueblos al retirarse. Dicha suposición, es el término medio natural entre los que aseveraron sin pruebas el separatismo de los PP., y la neutralidad absoluta que éstos pretendían haber observado en la contienda. Los indios carecían de iniciativa, como es evidente, para lanzarse por cuenta propia en lance tan grave; y lo que es peor, desobedeciendo á sus directores. El lector juzgará si esto era posible, dada la situación moral y social de las reducciones. Sostenían los PP. que el movimiento había sido una reacción natural del patriotismo, al verse los indios desterrados de los pueblos donde nacieron; y los que hablaron con los comisarios reales en nombre de sus paisanos, argumentaron efectivamente con esto, agregando que aquellas tierras fueron dadas á su raza por el apóstol Santo Tomé; pero otros, hechos prisioneros durante la insurrección, declararon que estaban instigados por los PP. Después, el patriotismo debía resultar algo baladí para aquella gente que nada poseía, siendo ese un sentimiento consecutivo á la propiedad. Nada habían tenido tampoco en su estado salvaje, puesto que en él fueron nómades; de manera que su indiferencia al respecto, era á la vez atávica é inmediata. Considero, pues, que los PP. fueron los promotores encubiertos de la insurrección. No se fracasa dos veces en siglo y medio de esfuerzos gigantescos, sin intentar la segunda cuanto arbitrio venga á mano para conjurar la adversidad. En cuanto á poder hacerlo, los PP. habían demostrado lo bastante su energía y su constancia, con más que el propósito merecía cualesquiera sacrificios; siendo, por otra parte, bien sabido que los medios no los preocupaban mucho. Además, ellos estaban en el buen terreno respecto á los intereses bien entendidos de la Corona, pues lo cierto es que ésta realizaba una permuta desastrosa, en la cual sólo consiguió perder su dominio de la margen oriental del Uruguay;[96] de modo que tenían buenas razones para ser oídos. La insurrección era, entonces, un medio heroico, pero de eficacia segura, si no se mezcla en el asunto el amor propio de las armas españolas, que no habría sido posible dejar como dominadas por los guaraníes, ante el aliado portugués. Las intrigas de Corte hicieron el resto.
Los que sostienen la tesis del separatismo jesuítico, argumentan, para demostrarlo, con la autonomía cada vez mayor de que fué gozando el Imperio por concesiones sucesivas de la Corona, y además con su éxito económico. Esto, dicen, sugirió, como siempre sucede, las ideas separatistas. Agregaban á guisa de dato concurrente y significativo, el hecho de ser extranjera la mayor parte de los PP., y esto es, bastante fuerte á primera vista; pero muy luego se advierte que su objeto fué aislar al Imperio de todo contacto español, con la doble valla del idioma y de la sangre.