Santo Jesuítico.

(EN CEDRO)

De las naves no queda ya resto en pie. El crucero permanece, así como un pedazo de bóveda sobre el presbiterio y uno de los arcos torales que no tardará en caer. La sacristía conserva también su bóveda y un nicho decorado por una rica archivolta. Á ella perteneció la puerta cuya reproducción habrá visto ya el lector: pesado batiente de cedro que adornan profusos ataires.

Las paredes laterales eran tabiques sordos, con sus escaleras interiores, una de las cuales va á salir sobre los calabozos que daban al cementerio.

Todos los revoques externos han caído,[105] recobrando el asperón su tinte rosa que hace destacarse á los muros con gran belleza de contraste sobre el bosque invasor. Desde el sitio donde se abría el pórtico, la vista domina un cuadro espléndido de verdes oteros y bosquecillos, convertidos en una especie de alameda sinuosa sobre las orillas un tanto lejanas del arroyo Capivarí. La antigua plaza queda á los pies del espectador, pues aquel templo ocupaba una verdadera meseta, y casi á su frente se levantan unas seis habitaciones donde están el Juzgado de Paz y la actual iglesia; pero sus techos fueron reconstruidos hace poco á la moderna... paraguaya.

Á veinte kls. de este punto se encuentra la iglesia inconclusa de Jesús, en la que iban á ensayar los jesuítas el gótico,[106] construyéndola también con mayor solidez que las otras, pues estaba toda asentada en cal. Sus murallas adentelladas, sus pilares truncos, las junturas desbordando aún de argamasa, los sillares á medio desbastar, de los cuales diríase que acaban de saltar los tasquiles, parecen indicar trabajadores próximos. Casi un siglo y medio ha corrido desde que la dejaron como está; pero la construcción era tan sólida, que podría continuársela sin ninguna refacción. Su baptisterio estaba ya abovedado, y en él habita ahora un matrimonio de campesinos paraguayos. Inmediatos á ella se levantan las celdas, también inconclusas, aunque un poco más altas. Su arquitectura iba á ser muy suntuosa, con rosetones ojivales y decorados dinteles, á los que sirven de cabíos, como puede verse también en San Ignacio, trozos de asperón.

Dentro de la iglesia, no hay más que los pilares de la triple nave, y en ellos dos plataformas de púlpito. Detrás del presbiterio queda una sacristía en la cual habían instalado ya una pila. Está patente el sumidero, que no llegó á servir, y una lagartija ha hecho de él su madriguera...

La paleografía, que debió de ser profusa, si no rica, ha quedado reducida á bien poca cosa por la incuria y los saqueos. Trozos de lápidas en los cementerios, una que otra medalla—restos anepigráficos, y de examen inútil, por consiguiente,—componen el precario botín, ya broceado de sobra por la industria local que lo explota con torpes falsificaciones, cuyo éxito reside precisamente en la extinción de todo cuño ó signo denunciador.