Hasta ponerse rechoncho,

Mientras su china dormía

Tapadita con su poncho.

Y apenas la madrugada

Empezaba a coloriar,

Los pájaros a cantar

Y las gallinas a apiarse,

Era cosa de largarse

Cada cual a trabajar.

La tercera estrofa es todo un cuadro familiar. El hombre laborioso toma su mate (el cimarrón, así denominado cuando era amargo) satisfecho del nuevo día cuyo sol le anticipan las llamas del fogón alegre, mientras al abrigo de la choza su mujer está todavía adormilada por gurrumina bajo el poncho conyugal. Ese rasgo de ternura viril, es sencillamente homérico. Héctor y Ulises, los mejores héroes de la epopeya antigua, son también los mejores esposos; y precisamente, la evocación del lecho conyugal, formado como el catre de nuestros gauchos, con correas tendidas sobre un bastidor, constituye el más bello trozo de la Odisea.