No había uno que no parase
Con el cabresto en la mano.
Bolearse, era caer como si tuviese las manos trabadas por las bolas, es decir, volteándose sobre aquéllas, en golpe tremendo, para aplastar al jinete.
El gaucho más infeliz
Tenía tropilla de un pelo.
No le faltaba un consuelo,
Y andaba la gente lista.
Tendiendo al campo la vista,
Sólo vía hacienda y cielo.
Cuando llegaban las yerras,