Que todos hacen lo mesmo,

En público canta y baila,

Abraza y llora en secreto.

He aquí el fundamento heroico de la urbanidad, que el bushido japonés, el más perfecto código del honor, ha corporificado en esa discreta florecida de la sonrisa, ante la cual retraen sus garras todas las fieras interiores: supremo resultado de aquel arte de la vida que los griegos practicaron a su vez, y que impone a todos los actos el deber de belleza, como una delicada consideración hacia nuestros semejantes.

Al mismo tiempo, el buen humor inagotable de aquella poesía que nunca deja prolongarse las miserias y los dolores, como en natural reacción de salud, anima todo el relato salpicándolo de incidentes cómicos. Su naturalidad es tal, que el narrador se contradice en sus apreciaciones, según la diversa índole de sus recuerdos, exactamente como pasa en la conversación habitual.

Comentando su felicidad perdida, al lado de la mujer que amaba, hace Cruz estas reflexiones:

Quién es de una alma tan dura

Que no quiera una mujer!

Lo alivia en su padecer

Si no sale calavera;