Iba conociendo el indio

Que tocaban a degüello;

Se le erizaba el cabello

Y los ojos revolvía,

Los labios se le perdían

Cuando iba a tomar resuello.

Esa respiración anhelosa, que absorbe los labios como en un rictus de agonía, era el detalle más imponente de semejantes luchas. Quien ha presenciado el fenómeno, difícilmente lo olvidará: la expresión de la boca determina toda la fisonomía de la fiera.

Muerto el salvaje, era forzoso evitar con la fuga la venganza inexorable. El gaucho ofrece a la cautiva su cabalgadura; él se acomoda en la del enemigo, y entonces, como un himno de victoria, el elogio del caballo levanta el ánimo con soberbia digresión. A semejanza del árabe antepasado, la libertad que recobra parece corporificarse en un canto al primero de sus bienes y al mejor de sus cariños:

Yo me le senté al del pampa,