La divertida descripción del inventario que practica el alcalde, patentiza una vez más el poder asombroso de aquel verbo, capaz de producir el más alto interés cómico con la enumeración de semejante congerie. Están todos los rasgos típicos del paisano ratero que corta las argollas de las cinchas y entierra las cabezas de los carneros robados, para ocultar, así, las señales denunciadoras de las orejas. El consabido episodio de vida rural anima aquella descripción, no bien puede resultar monótona. Véase cómo sobreviene esta disgresión, tan oportuna entre los comentarios sobre las trapacerías del viejo:
Se llevaba mal con todos,
Era su costumbre vieja
El mesturar las ovejas;
Pues al hacer el aparte,
Sacaba la mejor parte
Y después venía con quejas.
Dios lo ampare al pobrecito,
Dijo en seguida un tercero;
Siempre robaba carneros,