Cerrar la puerta,

Hacé sonar la llave,

Dejála abierta.

Por último esta apasionada quejumbre que lamenta en su demisión la crueldad del amor trompero:

De aquel cerro verde

Quisiera tener

Hierbas del olvido

Para no querer.

Todos los matices del sentimiento animan, pues, esa poesía, que las danzas comentaban a su vez con su plástica y sus movimientos. La variedad de aquellos pasos, así como su carácter despabilado, en el cual nunca llega a lascivo, ni siquiera a voluptuoso el rasgo picante, demuestra una cultura verdaderamente notable, por la gracia de su expresión y la abundancia de su alegría.

Figuraba también en ello un rasgo de noble simpatía humana. El ciego conseguía, como ejecutor habitual de semejante música, un alivio decoroso de su desgracia. Y así, el respeto del mendigo, ennobleció el sentimiento popular por medio del arte. Aquella belleza descubierta en el alma del mísero, para siempre anochecida tenía, por ser ésta análoga a la nocturna profundidad, la elevación de una estrella.