Pero tales fueron las súplicas de la anciana, que como el muchacho la quería tanto, decidió acceder á semejante capricho. La caja era grande, y aunque un poco encogido, no estaría del todo mal. Con gran solicitud fué arreglada en el fondo la cama, metióse él adentro, y la triste viuda tomó asiento al lado del mueble, decidida á pasar la noche en vela para cerrarlo apenas hubiera la menor señal de peligro.
Calcula ella que sería la medianoche, pues la luna muy baja empezaba á bañar con su luz el aposento, cuando de repente un bultito negro, casi imperceptible, saltó sobre el dintel de la puerta que no se había cerrado por efecto del gran calor. Antonia se estremeció de angustia.
Allí estaba, por fin, el vengativo animal, sentado sobre las patas traseras, como meditando un plan. ¡Qué mal había hecho el joven en reírse! Aquella figurita lúgubre, inmóvil en la puerta llena de luna, se agrandaba extraordinariamente, tomaba proporciones de monstruo. ¿Pero, si no era más que uno de los tantos sapos familiares que entraban cada noche á la casa en busca de insectos? Un momento respiró, sostenida por esta idea. Mas el escuerzo dió de pronto un saltito, después otro, en dirección de la caja. Su intención era manifiesta. No se apresuraba, como si estuviera seguro de su presa. Antonia miró con indecible expresión de terror á su hijo; dormía, vencido por el sueño, respirando acompasadamente.
Entonces, con mano inquieta, dejó caer sin hacer ruido la tapa del pesado mueble. El animal no se detenía. Seguía saltando. Estaba ya al pie de la caja. Rodeóla pausadamente, se detuvo en uno de los ángulos, y de súbito, con un salto increíble en su pequeña talla, se plantó sobre la tapa.
Antonia no se atrevió á hacer el menor movimiento. Toda su vida se había concentrado en sus ojos. La luna bañaba ahora enteramente la pieza. Y he aquí lo que sucedió: El sapo comenzó á hincharse por grados, aumentó, aumentó de una manera prodigiosa, hasta triplicar su volumen. Permaneció así durante un minuto, en que la pobre mujer sintió pasar por su corazón todos los ahogos de la muerte. Después fué reduciéndose, reduciéndose hasta recobrar su primitiva forma, saltó á tierra, se dirigió á la puerta y atravesando el patio acabó por perderse entre las hierbas.
Entonces se atrevió Antonia á levantarse, toda temblorosa. Con un violento ademán abrió de par en par la caja. Lo que sintió fué de tal modo horrible, que á los pocos meses murió víctima del espanto que le produjo.
Un frío mortal salía del mueble abierto, y el muchacho estaba helado y rígido bajo la triste luz en que la luna amortajaba aquel despojo sepulcral, hecho piedra ya bajo un inexplicable baño de escarcha.
LA METAMÚSICA