Habíase relacionado con nosotros, poco antes de los sucesos que voy á narrar, un joven médico á quien sólo faltan sus exámenes generales, que quizá nunca llegue á dar pues se ha dedicado á la filosofía; y éste era el otro confidente que debía escuchar la revelación.
Fué á la vuelta de unas largas vacaciones que nos habían separado del descubridor. Encontrámosle algo más nervioso, pero radiante con una singular inspiración, y su primera frase fué para invitarnos á una especie de tertulia filosófica—tales sus palabras—donde debía exponernos el descubrimiento.
En el laboratorio habitual, que presentaba al mismo tiempo un vago aspecto de cerrajería, y en cuya atmósfera flotaba un dejo de cloro, empezó la conferencia.
Con su voz clara de siempre, su aspecto negligente, sus manos extendidas sobre la mesa como durante los discursos psíquicos, nuestro amigo enunció esta cosa sorprendente:
—He descubierto la potencia mecánica del sonido.
“Saben ustedes,—agregó, sin preocuparse mayormente del efecto causado por su revelación—saben ustedes bastante de estas cosas para comprender que no se trata de nada sobrenatural. Es un gran hallazgo, ciertamente, pero no superior á la onda hertziana ó al rayo Roentgen. Á propósito—yo he puesto también un nombre á mi fuerza. Y como ella es la última en la síntesis vibratoria cuyos otros componentes son el calor, la luz y la electricidad—la he llamado la fuerza Omega”.
—¿Pero el sonido no es cosa distinta?, preguntó el médico.
—No, desde que la electricidad y la luz están consideradas ahora como materia. Falta todavía el calor; pero la analogía nos lleva rápidamente á conjeturar la identidad de su naturaleza, y veo cercano el día en que se demuestre este postulado para mí evidente: que si los cuerpos se dilatan al calentarse, ó en otros términos, si sus espacios intermoleculares aumentan, es porque entre ellos se ha introducido algo y que este algo es el calor. De lo contrario, habría que recurrir al vacío aborrecido por la naturaleza y por la razón.
“El sonido es materia para mí, pero esto resultará mejor de la propia exposición de mi descubrimiento.”