Bradamante conoció que habia llegado el momento de apoderarse del anillo y dar muerte á Brunel; pero teniendo por una vileza ensangrentarse con un hombre desarmado y de baja esfera, cuando podia fácilmente hacerse dueña del talisman, sin necesidad de darle muerte, cogió á Brunel, que no sospechaba nada, y atándole fuertemente á un abeto corpulento y elevado, le sacó el anillo del dedo. En seguida bajó á pasos lentos de la montaña, sin que á pesar de las lágrimas, gemidos y lamentos de Brunel, le quitara sus ligaduras; y cuando estuvo en el llano al pié de la torre, retó al nigromante á singular batalla, haciendo resonar su trompa, y llamándole á la pelea con gritos amenazadores.
Apenas oyó el Encantador aquellos sonidos, salió de la fortaleza, y montando en su corcel alado, se precipitó hácia su provocador. La jóven se tranquilizó desde luego; pues observó que su adversario poco daño podia hacerle, por no llevar lanza, espada ni maza; solo tenia en la mano izquierda el escudo cubierto con una tela de seda roja, y en la derecha un libro abierto, cuya lectura le servia para sus encantamientos; de tal modo que tan pronto parecia vérsele volar enristrando la lanza y dando muerte á su adversario, ó bien herirle con la maza ó con la espada, como alejarse rápidamente, sin que ningun golpe le alcanzara.
El caballo no era un fantasma, sino un ser viviente, engendrado por una yegua y un grifo; tenia como su padre la pluma y las alas, la cabeza y las patas delanteras armadas de garras. Los miembros restantes eran iguales á los de su madre: llamábase Hipogrifo. Se ven algunos de su especie, pero en escaso número, en los montes Rifeos, procedentes de la otra parte de los helados mares del Norte. El nigromante, valido de su arte mágico, lo habia sacado á la fuerza de aquellas apartadas regiones, y tanto trabajó y empleó tanto cuidado, que al cabo de un mes consiguió hacerlo dócil al freno, montarlo y dirigirlo á su voluntad por la tierra, por los aires y por todas partes. En esto no habia como en lo demás nada sobrenatural, sino realidad. En cuanto á las restantes acciones del Mago, que era capaz de convertir lo encarnado en amarillo, todas llevaban el sello de sus diabólicas artes, mas estas eran impotentes con Bradamante, á quien protegia su anillo.
Durante largo rato estuvo la jóven dando tajos al viento y volviendo y revolviendo su caballo, esforzándose en vencer al Mago, segun le aconsejara Melisa. Cansada de combatir á caballo, apeóse de él, para cumplir hasta el fin las órdenes de la encantadora, al mismo tiempo que el Mago echaba mano de su último recurso, contra el cual no conocia ni creia que hubiese precaucion alguna, descubriendo el escudo, confiado en que su encantado resplandor bastaria para derribar á su contrincante. Desde luego podia emplear este medio como el mas eficaz de todos, sin tener entretenidos á sus adversarios, pero se complacia en manejar la lanza y esgrimir la espada durante algun tiempo, del mismo modo que el astuto gato se complace en jugar con el
Bradamante vence y sujeta á Atlante de Garena.
(Canto IV.)
ratoncillo que cae entre sus uñas, y una vez cansado de este entretenimiento, le estruja entre sus dientes. Lo mismo que el gato con el raton, habia hecho hasta entonces el nigromante con sus contendientes; pero no fué así en aquella ocasion, pues Bradamante se valió del poder oculto de su anillo.
Atenta y fija la doncella á cuanto pudiera impedir que el mago se le acercára, mientras combatia; y cuando vió que este descubria su escudo, cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, no porque la hubiera deslumbrado, como á tantos otros, el fulgor del luciente metal, sino para conseguir que el mago bajara del caballo y se dirigiera al sitio en que yacia tendida. Su designio se realizó tal como deseaba; pues apenas la vió en el suelo el volador ginete, hizo que su caballo extendiera las alas y que se posara en tierra despues de describir un gran círculo en el espacio.
El nigromante colgó del arzon el escudo que ya habia tapado, y se dirigió á pié hácia la doncella, que le esperaba como el lobo espera oculto en un matorral al tierno cabritillo. En cuanto le vió á su lado, se levantó apresuradamente, y le estrechó con fuerza entre sus brazos. El miserable habia dejado en el suelo el libro que le servia para sus encantos: así es que la jóven le sujetó con la misma cadena que el mago llevaba siempre consigo para semejante uso, y que en aquella ocasion no habia olvidado, esperando aprisionar con ella por detrás á aquel nuevo adversario como habia aprisionado á tantos otros.
Bradamante le derribó al suelo, sin que el mago opusiera resistencia alguna: y se comprende muy bien, pues no cabia resistencia entre un débil viejo y una jóven tan esforzada. Dispuesta á cortarle la cabeza, levantó con viveza su mano victoriosa; pero al fijarse en el rostro del vencido, detuvo el golpe, como desdeñándose de tomar una venganza impropia de su valor. Entonces pudo ver que aquel á quien habia puesto en tan apurado trance era un anciano venerable, de faz rugosa y blancos cabellos, cuya edad frisaba en los setenta años.