Desde el dia en que Bradamante se quitó en su presencia el yelmo para restañar la sangre que manaba de su herida, la amó Rugiero más que á sus ojos, más que á su corazon y más aun que á su propia vida. Seria largo referir cómo y por quién fué herida, así como las infructuosas pesquisas que para volverse á encontrar hicieron noche y dia por la áspera é intrincada selva: baste decir que hasta entonces no habian podido volverse á ver.
Tal alegría inundó el corazon del guerrero al reconocer á la doncella y al saber que á ella solamente era deudor de su libertad, que se tuvo por el más feliz y afortunado de los mortales. Bajaron ambos el monte y fueron á parar al valle, testigo de la victoria de Bradamante, donde encontraron todavia al Hipogrifo con el escudo colgado del arzon de la silla, pero cubierto. La jóven fué á coger las riendas, y el corcel permaneció quieto hasta que la vió junto á él, en cuyo momento extendió las alas, hendió los aires, y fué á posarse á corta distancia en la pendiente de la montaña. Persiguióle Bradamante, y el caballo volvió á remontar el vuelo, sin alejarse demasiado, cual suele hacer la corneja perseguida por los perros, que dá revueltas á través de los campos para hacerles perder su pista.
Rugiero, Gradasso, Sacripante y los demás caballeros que habian bajado al valle juntos, se fueron colocando en diferentes sitios, esperando poder apoderarse del caballo, el cual, despues que los tuvo cansados, haciéndoles subir inútilmente en su persecucion hasta la más empinada cumbre de los montes, ó bajar á profundos barrancos entre aquellas peñas, se quedó al fin quieto junto á Rugiero.
Este era un lazo que le tendia el viejo Atlante, que insistiendo en su constante y piadoso deseo de librar á Rugiero del peligro que le amenazaba, solo pensaba en los medios de realizarlo, y solo se lamentaba de no poder conseguirlo. Por eso le enviaba el Hipogrifo, esperando que, saliéndole bien su astucia, alejaria á Rugiero de Europa. El guerrero lo cogió é intentó hacerle seguir tras él, mas el caballo permaneció inmóvil resistiéndose á obedecerle. Entonces Rugiero se apeó de Frontino, que así se llamaba su caballo, y montando en el Hipogrifo, le clavó en los costados el acicate: el corcel salió corriendo durante algunos momentos; despues, afirmando sus patas en el suelo, dió un rápido salto y se remontó por los aires con más rapidez que el halcon, á quien el cazador quita la caperuza enseñándole su presa.
Al ver á tanta altura y tan en peligro á su Rugiero, la hermosa dama se quedó tan atónita, que durante algun tiempo no le fué posible recobrarse de su asombro. Recordando el rapto de Ganimedes, que fué arrebatado del palacio de sus padres y transportado al cielo[26], temió que llegara á suceder otro tanto á su amante, no menos gentil y bello que Ganimedes. Con los ojos fijos en el cielo, le fué siguiendo mientras alcanzó su vista; y cuando sus miradas fueron ya impotentes para divisarle, dejó que su corazon enamorado fuera en pos de él, prorumpiendo despues en amargas quejas y suspiros. Así que Rugiero hubo desaparecido de su vista, volvióse hácia el excelente Frontino, y le cogió de las riendas, decidida á conservarlo en su poder y no permitir que corcel tan bueno cayera en manos del primer advenedizo, hasta que le fuera dable restituirlo á su dueño.
El Hipogrifo en tanto continuaba remontándose, y Rugiero, imposibilitado de refrenarlo, veia á sus piés las cimas de las montañas más elevadas, cuya altura fué poco á poco haciéndose menos perceptible, hasta el extremo de no serle posible distinguir donde se elevaba el terreno, ni donde se aplanaba formando extensas llanuras. Cuando llegó á tanta altura, que desde la tierra parecia un imperceptible punto, dirigió su vuelo hácia la region donde el Sol cae á plomo cuando entra en el signo de Cáncer[27], y continuó hendiendo los aires como el lijero bajel impulsado en el mar por un viento favorable.
Dejémosle proseguir su viaje, rápido por demás, y volvamos al paladin Reinaldo.
Este guerrero, cuya nave continuaba siendo impelida por un viento tempestuoso, que soplaba siempre con igual fuerza, recorrió durante dos dias mortales una gran extension de mar, viéndose arrastrado por las olas, tan pronto hácia el Oeste como hácia el Norte. Al fin fué á parar á las costas de Escocia en el punto en que está situada la selva Caledonia, entre cuyos poblados cerros se oia con frecuencia resonar antiguamente el estruendo de las armas. Allí acudian los caballeros andantes más famosos de toda la Bretaña; así los de apartadas como los de las más próximas regiones; los guerreros, en fin, de Francia, Noruega y Alemania. El que no tuviera un valor á toda prueba, debia desistir de penetrar allí, pues donde iba en busca de lauros, solia encontrar la muerte: aquella selva fué mudo testigo de las portentosas hazañas de Tristan, Lancelote, Galaso, Artús y Galvan[28], y otros muchos caballeros famosos de la antigua y la moderna Tabla redonda[29], de cuyas proezas queda aun más de una memoria esculpida en monumentos y trofeos pomposos.
Reinaldo apercibió inmediatamente sus armas y su caballo, y se hizo desembarcar en aquellas costas umbrosas, dando órden al piloto de que se alejara de nuevo y fuese á esperarle al puerto de Berwick. Internóse el guerrero por aquella selva inmensa, sin escudero ni compañía alguna, siguiendo diferentes caminos, en la esperanza de que se le presentara alguna aventura extraordinaria. El primer dia de jornada pernoctó en una abadía, en donde se dispensaba hospitalaria y amable acogida á cuantas damas y caballeros llamaban á su puerta. El abad y los monjes recibieron con su proverbial agrado á Reinaldo, que les preguntó, así que hubo restaurado sus fuerzas con una comida apetitosa, qué debian hacer los caballeros para encontrar por aquella comarca frecuentes aventuras, en que, llevando á cabo alguna accion heróica, pudieran demostrar si eran dignos de fama ó de censura. Se le contestó que, vagando por aquellos bosques, podria encontrar muchas y extrañas aventuras pero que las más honrosas acciones permanecian tan ignoradas y oscuras, como oscuros eran aquellos sitios; pues la mayor parte de las veces ni siquiera se tenia noticia de ellas.