»Tranquilo Ariodante por este lado, fué á ocultarse entre las ruinas que estaban frente á mi balcon, á tiempo que por la parte opuesta se adelantaba el infame que se complacia de antemano con la deshonra de Ginebra: hízome la señal acostumbrada, y yo, ignorante por completo de aquella perfidia, apenas la oí salí al balcon, que estaba de tal modo construido, que se me podia ver por todas partes, vestida con un trage blanco, adornado con franjas de oro en su centro y en derredor, y engalanada la cabeza con una redecilla de oro y pequeñas borlas de púrpura; moda que ninguna dama de la corte usaba más que Ginebra.

»Lurcanio, en tanto, temiendo que acaeciera alguna desgracia á su hermano, ó impulsado por ese deseo que todos tenemos de saber lo que á otros sucede, le habia ido siguiendo silenciosamente, resguardándose con la sombra, hasta que llegó á colocarse á menos de diez pasos de distancia. Ignorante yo de cuanto estaba pasando, y vestida como he dicho, salí al balcon como habia salido tantas y tantas veces. La luz de la Luna daba de lleno sobre mis vestidos, y como mi aspecto y rostro eran bastante semejantes á los de Ginebra, fácilmente podrian confundirme con ella, tanto más cuanto que entre el palacio y aquellas casas arruinadas media una regular distancia.

»El Duque se aproximó á los dos hermanos, á quienes ocultaba la sombra, y les hizo creer diestramente en aquella superchería. ¡Juzgad cuál seria el dolor y la desesperacion de Ariodante! En seguida se acercó Polineso á la escala, que ya le habia yo arrojado, y subió apresuradamente al balcon: apenas llegó á él, le eché los brazos al cuello, creyendo no ser de nadie vista, y le prodigué las más tiernas caricias, como solia siempre que venia en tales horas á visitarme. Él por su parte me acarició con más solicitud y ternura que nunca, con el único objeto de disipar hasta la menor duda que pudiera quedar en el corazon de Ariodante, el cual contemplaba desde léjos el terrible espectáculo que en mal hora habia deseado presenciar. ¡Su dolor fué tal, que intentó darse allí mismo la muerte, y desenvainando su espada, apoyó en el suelo la empuñadura para clavarse la punta en el corazon! Lurcanio, que habia visto con el mayor asombro al Duque subir al balcon, pero sin conocerle, reparando en la accion de su hermano, se precipitó hácia él y evitó que se traspasara el pecho con su propia mano, llevado de la desesperacion. Si hubiera tardado un solo instante, ó se hubiese encontrado un poco más léjos, no habria estado á tiempo de evitar aquella desgracia.

—«¡Ah, hermano desgraciado é insensato! exclamó: ¿has perdido por ventura la razon, para que por una mujer intentes arrancarte la vida? ¡Así desaparecieran todas como ante el viento la niebla! Procura más bien su muerte, pues la tiene merecida: tú debes morir de un modo más honroso y más digno de tí. Pudiste muy bien amarla cuando te era desconocida su perfidia; pero ahora que la has descubierto, debes aborrecerla con toda tu alma. Conserva, pues, ese acero, que has vuelto contra tu pecho, y que debe servirte para denunciar al Rey la deshonrosa falta de su hija.

»Cuando Ariodante vió junto á sí su hermano, abandonó su criminal empresa; pero no el intento que habia formado de librarse de la vida. No ya herido, sino traspasado el corazon de angustia y de dolor, se alejó de aquel sitio con su hermano, fingiendo que habia desaparecido ya el furor que le puso fuera de sí.

»A la mañana siguiente se ausentó sin ser visto de nadie y sin decir una palabra á su hermano, guiado por la desesperacion, ignorándose durante muchos dias qué habia sido de él. A excepcion del Duque y de su hermano, todo el mundo ignoraba la causa de su desaparicion, sobre la cual se hicieron mil diversos comentarios, tanto en palacio, como en toda la Escocia. Al cabo de ocho ó más dias se presentó á Ginebra un viajero, portador de una noticia desastrosa: tal era la de que Ariodante habia perecido en medio de las olas, y no á consecuencia de alguna tempestad, sino por haberse dado voluntariamente la muerte, arrojándose de cabeza al mar desde una peña que se elevaba bastante fuera del agua. El portador de tan triste nueva añadió:

—«Antes de llegar á tal extremo, me dijo Ariodante, á quien casualmente habia encontrado en el camino:—«Ven conmigo, á fin de que puedas referir á Ginebra la suerte que me espera; y díle que la causa de lo que vas á presenciar consiste en que he visto demasiado. ¡Dichoso yo, si antes hubiera quedado sin vista!»—Nos encontrábamos entonces cerca del promontorio de Cabo-bajo, que penetra algun tanto en el mar en direccion á Irlanda; y así diciendo, ví que desde lo alto de un peñasco se precipitó de cabeza en el mar desapareciendo entre las olas. Allí le dejé, y he venido presuroso á traerte esta noticia.»

»El dolor de Ginebra fué tan grande que cubrió su rostro una palidez mortal, perdió el conocimiento y quedó algun tiempo como muerta. Cuando, vuelta en sí, se encontró sola en su lecho virginal ¡oh Dios! cuál manifestó su desesperacion en sus acciones! Golpeábase el seno, desgarraba sus ropas, y se mesaba furiosamente los dorados cabellos, repitiendo incesantemente las últimas palabras de Ariodante: que la causa de su triste y desgraciada muerte procedia de haber visto demasiado!

»En breve circuló por todas partes el rumor de que el valiente caballero se habia dado la muerte llevado de su desesperacion. El Rey, lo mismo que las damas y caballeros de su corte, derramaron abundantes lágrimas por su memoria, pero sobre todos ellos, Lurcanio, que quedó sumido en tal luto y desolacion, que estuvo próximo á imitar á su hermano, dándose á sí mismo la muerte. A fuerza de repetirse una y otra vez que Ginebra era quien habia privado á su hermano de la vida, y que el motivo de su muerte no fué otro sino el haber sido testigo de la infame deslealtad de la princesa, se apoderó de su corazon tan insensato afan de venganza, y tanto fué lo que el dolor y la ira le dominaron, que con tal de satisfacerla no titubeó en arrostrar la ira del Rey y del país entero, y mucho menos en perder la gracia del monarca.

»Presentóse, pues, al Rey en el momento en que se hallaba rodeado de toda su corte, y con ademan sombrío, le dijo: