Encontrábanse con ellos en la estacada seis caballeros, á pié y armados de corazas, á cuyo frente, y montado en un magnífico caballo de pura raza, estaba el Duque de Albania, que en su calidad de gran Condestable, tenia á su cargo la custodia del campo y del terreno de la liza. Polineso se gozaba en la apurada situacion de Ginebra, á la que dirigia orgullosas miradas.
Reinaldo atravesó la apiñada multitud, abriéndole camino su brioso Bayardo; pues al sentir su fuego, se retiraba la gente presurosa. Descollaba entre todas la figura del paladin, flor y nata de la gallardía; detúvose al llegar frente al sitio en que se hallaba el Rey, y todos se aproximaron á él para saber lo que pretendia. Reinaldo dirigió entonces la palabra al monarca, expresándose en estos términos:
—Ruégote, gran señor, que hagas suspender ese combate; pues debes tener por seguro que sea cualquiera de los dos campeones el que sucumba, tolerarás que muera injustamente. El uno cree que le asiste la razon, y se equivoca lastimosamente, pues sostiene lo que es falso, ignorando que miente, porque el mismo error que ha causado la muerte de su hermano es el que le hace empuñar las armas; al paso que el otro no sabe si defiende lo justo ó lo injusto, y solo su generosidad y compasion le hacen arrostrar la muerte, á fin de no consentir en la de una dama de tan sin par belleza. Yo traigo conmigo la salvacion de la inocencia; conmigo va el castigo del impostor; pero, por Dios te suplico que hagas cesar esa lucha, y despues concédeme algunos momentos de atencion.
Causó tal impresion en el ánimo del Rey la autoridad de un caballero tan digno como por su talante y apostura parecia Reinaldo, que hizo inmediatamente la señal de que se suspendiera el combate. El paladin entonces descubrió en presencia del Monarca, de los magnates, de los caballeros y de toda la muchedumbre allí reunida la infame trama que habia urdido Polineso contra la inocente Ginebra, añadiendo al terminar su narracion que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la verdad de cuanto habia dicho.
Llamóse á Polineso, que se acercó turbado y pálido, si bien lo negó todo con cínica audacia. Reinaldo entonces apeló al acero, y como ambos estaban armados y el campo abierto, vinieron á las manos sin tardanza. ¡Oh! ¡cuán vivamente desea el Rey, y con él su pueblo entero, que brille en todo su esplendor la inocencia de Ginebra! Todos abrigan la firme esperanza de que Dios patentizará lo injustamente que se la habia tratado de impúdica y deshonesta. Nadie duda ya de que Polineso, tenido siempre por cruel, soberbio y avaro, y además inícuo y fraudulento, ha sido el autor de tan vil calumnia.
El duque de Albania, macilento, con el corazon tembloroso y rostro pálido, enristra la lanza al oir la tercera señal de las trompetas: en cuanto la oye Reinaldo se precipita sobre él procurando atravesarle de un lanzazo á fin de terminar el combate con un solo golpe. El resultado correspondió al deseo, pues le escondió en el pecho la mitad del asta. Clavado en la lanza le arrancó de la silla y le arrojó contra el suelo á más de seis brazas de distancia de su caballo. Reinaldo se apeó con suma celeridad, llegóse á su vencido adversario, y antes de que pudiera incorporarse, le desató el yelmo; pero aquel que no se encontraba ya en estado de combatir, le pidió humildemente perdon con rostro acongojado. Entonces confesó Polineso, siendo testigos el Rey y toda la corte, la infame calumnia que le habia conducido á tan desastrosa muerte. No pudo concluir, pues en medio de su confesion, le faltó el aliento y la vida.
Al contemplar el Rey á su hija libre de la muerte y recobrada su honra, experimentó mayor alegría, gozo más vivo y más consolador que si le acabaran de restituir la corona despues de haberla perdido. Colmó de honores á Reinaldo, á quien lo debia todo, y cuando al quitarse el yelmo el guerrero le conoció, pues habia tenido ocasion de verle otras veces, alzó las manos al cielo, dando á Dios infinitas gracias por haberle concedido tal defensor.
En tanto que el monarca daba espansion á su alegría, el caballero desconocido que habia acudido primeramente en defensa de Ginebra se mantenia modesta y respetuosamente retirado hasta ver el desenlace de aquella escena. El Rey le llamó rogándole que le dijera su nombre, ó por lo menos que se descubriera, á fin de que pudiera recompensarle tal cual merecia su meritoria accion. Despues de muchas instancias, accedió el desconocido á quitarse el yelmo, y descubrió lo que se verá en el canto siguiente si es que os agrada escuchar esta historia.