¡Envaina el acero!, le gritaron las dos damas.
(Canto VII.)
claros soles, de dulcísima mirada y parcos movimientos: no parecia sino que el amor jugueteaba revolando en su derredor, y que desde ellos despedia todas las flechas de su carcaj, arrebatando visiblemente los corazones. La envidia no hubiera podido hallar defecto alguno en su bien delineada nariz, que en líneas regulares dividia el rostro; bajo ella aparecia, como entre dos pequeños valles, la boca matizada con los rojos colores del cinabrio más puro, y en la que se descubrian dos hileras de escogidas perlas, que un bello y dulce labio ocultaba y permitia ver alternativamente: de ella salian halagüeñas palabras, capaces de ablandar el corazon más duro y resistente: en ella se formaba por último aquella encantadora sonrisa, que hacia entrever á su arbitrio las delicias del Paraiso. Su hermoso cuello era blanco como la nieve, y cual la leche su pecho: el primero torneado; el segundo lleno y elevado. Sus pechos, que parecian de marfil, oscilaban blandamente, como las olas que movidas por una apacible aura, van á morir en la cercana orilla. Las demás partes de su cuerpo eran impenetrables aun para las miradas de Argos; pero podia suponerse que lo oculto no desmereceria en nada de lo visible. Sus dos brazos eran de una dimension proporcionada, y en su blanquísima mano, algun tanto larga y de afilados dedos, no se dibujaba el más pequeño hueso ni siquiera se traslucian las venas. Por último, dos piés pequeños y redondeados servian de sosten á cuerpo tan perfecto, que cual los de los espíritus celestiales, no podia ni debia ocultarse bajo velo alguno. Sus palabras, su sonrisa, su acento, sus ademanes, eran otros tantos lazos tendidos á los corazones de los que la contemplaban; por lo cual no es de extrañar que Rugiero quedara prendido en ellos al encontrarse frente á tan sin igual belleza.
De nada le sirvieron ya las prevenciones que le hiciera el mirto con respecto á la perfidia y maldad de Alcina, porque se resistia á creer que bajo sonrisa tan suave pudieran ocultarse el engaño y la traicion. Prefirió por lo mismo creer que el comportamiento de Astolfo, ingrato y desleal, le habia hecho merecedor de un castigo mucho mayor que el de verse convertido en mirto; así como tuvo por una calumnia todo cuanto de Alcina le habia dicho, y que únicamente la venganza, el hastío y la envidia habian hecho que Astolfo pronunciara tales blasfemias y dijera tantas imposturas.
Súbitamente habíase borrado del corazon de Rugiero la imágen de la hermosa dama á quien tanto amaba; porque Alcina, valiéndose de sus encantos, habia cerrado sus antiguas heridas amorosas, y solo por ella estaba ocupado entonces, y ella sola estaba en él grabada: débese por lo tanto excusar á Rugiero, que se mostrara en aquella ocasion tan voluble é inconstante.
Sentados á una mesa opípara y suntuosa, escuchaban con delicia la dulce melodía que esparcian por los aires las cítaras, las arpas y las liras. No faltaban tampoco agradables voces que cantaran los goces y transportes del amor, ó recitaran sonoros y fantásticos versos, inspirándose en las galanas ficciones de la poesía. Los suntuosos y celebrados banquetes de los sibaríticos sucesores de Nino, ó los ofrecidos por la famosa Cleopatra al romano vencedor, no podian compararse con el que la amorosa hada dió en obsequio del valiente paladin, y aun es dudoso que lleguen á igualarse á él los que celebra en el Olimpo el sumo Júpiter dispuestos por su copero Ganimedes.
Cuando se levantaron las mesas, entregáronse todos los comensales, formando círculo, á un juego entretenido, que consistia en preguntarse recíprocamente al oido el secreto que mejor les pareciese. Este pasatiempo ofrecia gran comodidad á los amantes, pues así podian revelarse su escondido amor sin dificultad ninguna. Alcina y Rugiero no desperdiciaron tan excelente ocasion, y se prometieron reunirse de nuevo aquella misma noche.
Aquel juego cesó más temprano de lo que se acostumbraba en otras ocasiones, y entonces entraron varios pajes con antorchas cuya viva luz disipó las sombras del crepúsculo vespertino. Rodeado de hermosas doncellas pasó Rugiero á descansar en una cámara fresca y elegante, que se le habia destinado como la mejor de aquel palacio. Ofreciéronse allí de nuevo á los convidados dulces exquisitos y aromáticos vinos, despues de lo cual se fueron retirando á sus aposentos respectivos, no sin repetir antes sus reverencias y ofrecer una vez más sus respetos á Rugiero. Metióse este entre sábanas perfumadas, que parecian salidas de las manos de Aracnea[36], poniéndose á escuchar con toda atencion por ver si percibia el rumor de la llegada de Alcina. Al menor ruido que sentia, levantaba la cabeza, creyendo que fuese ella; se le figuraba oirla, y las más de las veces no oia nada, lanzando un suspiro cuando reconocia su error: otras veces saltaba del lecho, abria la puerta, miraba hácia fuera y nada veia, y se retiraba maldiciendo mil veces las horas que retrasaban el momento anhelado. Con frecuencia decia entre si:—«Ahora viene.»—Y empezaba á contar los pasos que suponia haber desde la estancia de Alcina hasta la suya, donde continuaba esperando en vano. Estos y otros pensamientos le estuvieron ocupando todo el tiempo que tardó en reunírsele la hermosa dama, y hasta hubo momentos en que creyó que algun obstáculo imprevisto le privara de coger el fruto que ya tocaba con sus manos.
Alcina se entretuvo largo rato en perfumarse con los olores más gratos; y cuando conoció que era ya tiempo, por reinar en el palacio la quietud y el silencio, salió sola de su cámara, y se dirigió silenciosa por un pasadizo secreto á la estancia en donde Rugiero se encontraba con el corazon anhelante entre el temor y la esperanza.
Apenas vió el sucesor de Adolfo aparecer aquella riente estrella, sintió circular por sus venas un fuego tan abrasador, que apenas podia contenerlas la piel: sus miradas engolfáronse con avidez en aquel mar de delicias y perfecciones, y sin darle tiempo á más, saltó del lecho y la estrechó entre sus brazos. Alcina venia envuelta en un ligero cendal que se habia echado sobre uno camisa blanquísima y sumamente sutil. Al abrazarla Rugiero, cayó el manto que la envolvia, y quedó el velo sutil y transparente, que no encubria sus perfecciones más de lo que un diáfano cristal oculta los primores de las rosas ó azucenas.
No se adhiere tan estrechamente la hiedra á la planta en tomo á la cual se ha abrazado, como se enlazaron mútuamente ambos amantes, cogiendo en sus labios la flor del espíritu, flor tan suave cual no la producen las odoríferas arenas índicas ó sabeas. Los amorosos trasportes á que entonces se entregaron solo ellos pueden referirlos y comprenderlos, pues más de una vez se encontraron sus labios, y más de una vez aspiraron su aliento mútuamente.