»Cuando el Sol se aleja, haciendo más breves los dias, la Tierra se despoja de sus galas, mugen los vientos, arrastrando las nieves y el hielo, enmudecen las aves y desaparecen las flores y las hojas. Yo tambien ¡oh dulce Sol mio! cuando por desgracia apartas de mí tus espléndidos fulgores, siento tales y tan horribles tormentos, que sus rigores son como un áspero invierno que entristeciera mi alma muchas veces al año. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, Sol mio, vuelve y conduce la deseada y dulce primavera! Disipa las nieves y los hielos, y restituye su serenidad primitiva á mi nublada y oscurecida mente.»
Así como Progne ó Filomena exhalan dolientes quejas cuando, al regresar de proporcionarse el alimento necesario para sus hijuelos, encuentran el nido vacío, ó cual se lamenta la tórtola que ha perdido su compañera, así tambien se lamentaba Bradamante, por temor de haber perdido para siempre á su Rugiero, inundando frecuentemente de lágrimas su rostro lo más ocultamente que podia. ¡Oh! ¡Cuánto mayor seria su quebranto si supiese lo que todavía ignoraba; si tuviese noticia de que su amante gemia en un hediondo calabozo, atormentado, afligido y condenado á una muerte cruel!
La Bondad eterna permitió que llegaran á oidos del generoso hijo del César las crueldades que ejercia la infame Teodora con el caballero á quien tenia cautivo, y su propósito de darle muerte en medio de mil inusitados tormentos; por lo cual formó el decidido empeño de auxiliarle con todas sus fuerzas, á fin de impedir que pereciera un guerrero dotado de tanto valor. El generoso Leon, que sentia irresistible afecto hácia aquel campeon, ignorando, sin embargo, que fuese Rugiero atraido por aquel valor que calificaba de sin par y le parecia sobrehumano, estuvo reflexionando mucho tiempo en los medios de que deberia valerse para salvarle; y por fin encontró uno que creyó el más á propósito para conseguir su intento, sin exponerse al ódio de su cruel tia. Habló secretamente con el carcelero, diciéndole que queria tener una entrevista con el cautivo, antes de que tuviera cumplimiento la terrible sentencia fulminada contra él.
Leon pone en libertad á Rugiero.
(Canto XLV.)
En cuanto llegó la noche, se presentó en la torre acompañado de uno de sus más fieles escuderos, hombre audaz, vigoroso y apto para la lucha, é hizo que el carcelero le abriese ¡as puertas de la prision, guardando un riguroso incógnito. El carcelero, que estaba completamente solo, introdujo ocultamente á Leon con su escudero en la torre donde gemia el mísero Rugiero destinado á sufrir el mayor de los suplicios; una vez dentro, echaron ambos un lazo corredizo al cuello del carcelero en el momento en que les volvia las espaldas para abrir el portillo, y le enviaron rápidamente al otro mundo. Inmediatamente levantaron la trampa, y el Príncipe, con una entorcha encendida en la mano, se descolgó por una cuerda colocada allí á este efecto, y bajó al sitio en que yacia Rugiero privado de la luz del Sol, encontrándole cargado de cadenas y tendido sobre una reja que apenas le separaba un palmo del agua que por debajo de ella corria. Aquel recinto húmedo y malsano hubiera bastado por sí solo para ocasionar la muerte del prisionero en un mes ó tal vez en menos tiempo.
Leon estrechó á Rugiero entre sus compasivos brazos, diciéndole:
—Caballero: el maravilloso valor de que has dado tantas pruebas me une á tí con los espontáneos é indisolubles lazos de una amistad eterna y verdadera, exigiéndome que anteponga tu bien al mio propio, que olvide mi seguridad por la tuya, y que sacrifique el cariño de mis padres y de toda mi familia al que deseo merecer de tí. Yo soy Leon, el hijo de Constantino, que vengo en persona, como ves, á darte auxilio, á pesar del peligro á que me expongo (si mi padre llega á saberlo) de ser desterrado de mi patria, ó de acarrearme para siempre su enojo; pues desde la espantosa derrota que le hiciste sufrir en Belgrado, siente un inextinguible ódio contra tí.
Y continuó dirigiéndole otras muchas frases consoladoras, y procurando reanimar su esperanza, al mismo tiempo que rompia sus ligaduras. Rugiero le contestó:
—¡Ah! ¡Os debo una inmensa gratitud! Esta vida, que me devolveis, es vuestra; disponed de ella á vuestro antojo: en todas ocasiones me hallareis dispuesto á sacrificarla en vuestro obsequio.