Cuando terminaron los abrazos y las felicitaciones, Leon, cuya elocuencia era notable, empezó á referir á Carlomagno en presencia de toda su corte cómo habian podido más en él la bizarría y la audacia desplegadas por Rugiero en Belgrado que cualquiera otra ofensa, á pesar del gran estrago que causó en sus gentes; manifestó que, estimulado por esta sincera y repentina inclinacion, le sacó, arrostrando el enojo de todos sus parientes, de la prision donde le habian encerrado despues de entregarle en poder de una desolada madre, que pretendia hacerle morir en medio de los más horribles tormentos; describió el incomparable acto de generosidad que no tuvo ni tendrá igual en los pasados ó futuros siglos, llevado á cabo por Rugiero en obsequio suyo y en pago de la libertad que le debia, y continuó refiriendo minuciosamente todo cuanto Rugiero habia hecho por él, sin dejar de hacer mencion del agudo dolor que laceró el alma del desdichado amante al verse obligado á renunciar á su esposa; dolor que le arrastró al suicidio, del que únicamente le libró un auxilio oportuno. Leon supo pintar estas escenas con tan suaves y patéticos colores, que sus oyentes no pudieron contener las lágrimas.

Dirigióse despues al obstinado Amon con tan eficaces y persuasivos ruegos, que no solo logró conmoverle, ablandar su corazon y hacerle mudar de dictámen, sino que tambien consiguió que accediera á pedir perdon á Rugiero por su anterior malevolencia, y á suplicarle que le aceptase por padre y por suegro, ofreciéndole la mano de Bradamante. Varias personas amigas, lanzando alegres exclamaciones, corrieron presurosas á anunciar tan feliz noticia á la doncella, que en aquellos momentos estaba retirada en su más oculta estancia, llorando sus contínuos sinsabores y próxima á perecer de dolor. Al simple anuncio de tan fausto suceso, quedó su corazon tan exhausto de aquella sangre que hacia afluir á él la piedad, cuando el dolor le traspasaba, que su mismo gozo estuvo á punto de hacerle perder la vida. Debilitóse su vigor y su energía de tal modo, que apenas podia tenerse en pié, sin embargo de poseer el ánimo esforzado y varonil que os es notorio. El condenado al cepo, á la horca, á la picota ó á otro género de muerte peor, cuyos ojos están ya cubiertos con la venda negra, no se manifiesta, al oir el grito del perdon, tan alegre como Bradamante.

Regocijáronse las familias de Mongrana y Claramonte al ver unidas sus dos próximas ramas por nuevos vínculos; pero sintieron un pesar semejante á la alegría de aquellas, Gano, el conde Anselmo, Falcon Gini y Ginami, que procuraron disimular su negra envidia y sus pérfidos manejos, esperando una ocasion de vengarse con tanta astucia como la zorra espera emboscada á la liebre. Aparte de que Orlando y Reinaldo habian arrancado la vida en diferentes ocasiones á muchos individuos de esta raza fementida, si bien los sabios y prudentes consejos de Carlomagno pudieron conseguir que dieran al olvido sus mútuas querellas y rencores, la reciente muerte de Pinabel y Bertolagio les dió nuevos motivos de duelo; pero ocultaban sus ruines proyectos de venganza, fingiéndose ignorantes de ambas muertes.

Los embajadores búlgaros que habian pasado á la corte de Carlomagno, como he dicho, con la esperanza de encontrar en ella al bravo campeon del unicornio, á quien habian aclamado por su rey, al saber que estaba allí, se felicitaron por su buena estrella, que habia confirmado su esperanza, y se postraron reverentemente á los piés de Rugiero, rogándole que volviese á Bulgaria, donde le tenian preparado el cetro y la corona en Andrinópolis, y excitándole á que se apresurara á acudir en defensa de su trono; porque, segun voz pública, Constantino se preparaba á invadir de nuevo el territorio búlgaro á la cabeza de un ejército mucho más numeroso que el primero. Terminaron asegurándole que si podian contar con el auxilio de su rey, esperaban rechazar á Constantino, y aun arrebatarle la corona imperial de Oriente.

Rugiero aceptó la corona, accedió á todos los ruegos de los embajadores, y les prometió estar en Bulgaria á los tres meses, si la suerte no le era contraria. Noticioso Leon Augusto de lo que ocurria, dijo á Rugiero que se atuviera á la amistad jurada, y que, siendo él rey de los búlgaros, quedaba de hecho estipulada la paz entre estos y Constantino; añadióle que él por su parte no se apresuraria á partir de Francia para ponerse al frente de sus escuadrones, y que se comprometia á hacer que su padre renunciara á las comarcas que hubiese arrebatado á sus nuevos súbditos.

A pesar de todas las virtudes y méritos de Rugiero, ninguno pudo tanto en el ánimo de la ambiciosa madre de Bradamante ni consiguió hacerle grato á sus ojos como el título de rey. Hiciéronse las bodas con régia esplendidez y con una magnificencia digna del que las dispuso: el mismo Emperador se ocupó en ellas, y quiso que se celebraran cual si hubiera casado á una de sus hijas. Los servicios y merecimientos de Bradamante eran tales, además de los contraidos por toda su familia, que aquel magnánimo señor no creia recompensarlos demasiado aunque para ello tuviese que vender la mitad de su reino. Hizo publicar por todas partes que celebraria audiencias públicas, donde por espacio de nueve dias podrian acudir con seguridad todos los que tuvieran alguna queja que exponer. Hizo levantar en la campiña suntuosos pabellones de oro y seda, adornados de ramos entrelazados y de vistosas flores, los cuales presentaban un golpe de vista tan agradable, que no se ha contemplado en el mundo un espectáculo más bello que aquel. No cabian dentro de París los innumerables forasteros griegos, latinos ó bárbaros, pobres, ricos y de toda condicion que acudieron atraidos por la fama de aquellas fiestas. Los señores, los príncipes y los embajadores que allí se reunieron, procedentes de todos los puntos del globo, eran innumerables: por lo cual hubo necesidad de alojarlos, si bien con toda comodidad, en pabellones, en tiendas de campaña, y entre las enramadas de las próximas alamedas.

La maga Melisa se habia esmerado la noche anterior en adornar con cuidado prolijo la cámara nupcial que por tanto tiempo soñara. Aquella adivina deseaba vivamente, desde una época bastante lejana, la celebracion de una alianza tan conveniente: présaga del porvenir, conocia los admirables frutos que debia producir aquella planta. Habia colocado el lecho nupcial en medio de un pabellon anchuroso y capaz, el más rico, el más adornado y admirable que, con destino á la paz ó la guerra, se haya tejido en el mundo. La hada se lo habia quitado á Constantino, en ocasion en que estaba acampado en la costa de Tracia con objeto de esparcirse: contando de antemano con el asentimiento de Leon, y deseosa de presenciar su asombro, presentándole una prueba del arte que refrena al gran gusano infernal, y probándole que podia disponer á su antojo de él y de la raza espúrea enemiga de la divinidad, hizo que los mensajeros del Averno transportaran aquel pabellon desde Constantinopla á París. Se lo quitó á Constantino, emperador de Grecia, á la luz del medio dia, con las cuerdas, los palos y los demás accesorios interiores y exteriores: lo hizo transportar por los aires, y lo destinó para suntuoso alojamiento de Rugiero: una vez terminadas las bodas, lo restituyó milagrosamente á su primitivo sitio.

Habian transcurrido cerca de dos mil años desde que fué tejido aquel pabellon. Una doncella de la tierra de Ilion, que poseia la inspiracion profética, lo labró por su propia mano á fuerza de arte, tiempo y paciencia. Esta doncella se llamó Casandra, y ofreció aquel trabajo como un rico presente á su hermano el ínclito Héctor. Casandra habia bordado en la tela, con oro y seda de varios colores, la efigie del caballero más ilustre que debia salir del tronco de su hermano, á pesar de que no ignoraba que estaba separado de sus raices por numerosas ramas. Héctor lo tuvo en mucha estima mientras vivió, tanto por la mano que lo hizo como por su esquisito trabajo.

Pero despues de su muerte, cometida á traicion, y de la victoria alcanzada sobre los troyanos por los griegos, á quienes el falso Sinon abrió las puertas de la ciudad, dando lugar á la catástrofe más espantosa que registra la Historia, cupo en suerte aquel pabellon á Menelao, con el cual se trasladó á Egipto, donde se vió obligado á entregarlo al rey Proteo en cambio de la esposa que este tirano le habia arrebatado. Elena se llamaba la dama por quien Menelao trocó su pabellon, el cual pasó más tarde á manos de los Tolomeos, de quienes lo heredó Cleopatra. Esta reina lo tuvo que ceder con otras muchas riquezas en el mar de Leucades á las gentes de Agripa: cayó sucesivamente en poder de Augusto y de Tiberio, hasta que por último fué á parar á manos de Constantino, de aquel Constantino, á quien la bella Italia debe recordar con dolor mientras el cielo gire. Cuando este príncipe, disgustado de residir á orillas del Tíber, pasó á Bizancio, se llevó consigo aquel precioso velo, que Melisa arrebató á otro Constantino.

De oro eran sus cuerdas; de marfil sus apoyos, y estaba todo él entretejido con figuras más bellas que las producidas por el diestro pincel de Apeles. Allí se veian las Gracias, con trajes airosos y elegantes, auxiliando en su alumbramiento á una reina, la cual daba á luz un príncipe tan hermoso cual no ha visto otro la Tierra desde el siglo primero al cuarto. Veíase á Júpiter, al elocuente Mercurio, á Venus y á Marte, derramando sobre él á manos llenas etéreas flores, dulce ambrosía y perfumes celestiales. En sus pañales se leia en pequeños caractéres el nombre de HIPÓLITO[199]. La Ventura, precedida de la Virtud, le guiaba en sus juveniles años.—Más allá se veian representados nuevos personajes, de larga cabellera y prolongadas túnicas, que iban á reclamar á su padre el tierno niño de parte de Corvino. Veíasele alejarse reverente de Hércules y de Leonor su madre, y pasar á las márgenes del Danubio, donde la gente corria á verle y adorarle como á un Dios. Veíase al prudente Rey de los Húngaros admirando la precoz sagacidad de que daba muestras en su edad temprana, exaltándole sobre todos sus barones, y colocando en sus manos á pesar de sus tiernos años, el cetro de la Estrigonia. Veíase al jovencillo continuamente al lado de aquel monarca, ya fuese en su régio alcázar, ó ya en la tienda de campaña: si aquel poderoso rey llevaba su ejército contra los Turcos ó contra los Alemanes, con él iba Hipólito, contemplando fijamente sus esclarecidas y magnánimas proezas, y aprendiendo prácticamente el camino de la virtud. Veíase cómo distribuia los primeros años de su vida entre la cultura de las artes y los ejercicios bélicos, aleccionado por Fusco, el cual le explicaba los pasajes oscuros y difíciles de las obras clásicas. La hábil Casandra habia representado á Fusco con tal perfeccion, que parecia oírsele decir al niño:—«Si deseas ser fuerte, glorioso é inmortal, debes imitar este ejemplo, y evitar este otro.»