Cuando Rodomonte vió su armadura teñida en sangre por tantas partes, y que no podia evitar que cada cuchillada le rasgara la carne, sintió más rabia y más furor que el tempestuoso mar en el rigor del invierno; y arrojando el escudo, empuñó con ambas manos su acero, y descargó con todo su vigor una cuchillada sobre el yelmo de su enemigo. Una fuerza tan extraordinaria como la que tiene la máquina colocada en el Pó sobre dos naves, y que levantada á impulsos de varios hombres y de muchas ruedas, se deja caer empotrando las aguzadas vigas, llevaba el golpe que el pagano descargó con toda su fuerza sobre Rugiero con sus dos manos por demás pesadas; y á no tropezar con el yelmo encantado, habria partido de un solo golpe al caballo y al ginete. Rugiero inclinó por dos veces la cabeza, y abrió los brazos y las piernas, próximo á caer. El Sarraceno redobló su terrible golpe, sin dar á su adversario tiempo de reponerse; tras este siguió el tercero; pero la espada no pudo soportar tan continuado martilleo, y al fin voló hecha pedazos, dejando desarmado al cruel musulman. Este contratiempo no detuvo á Rodomonte, que se precipitó con rapidez sobre Rugiero, cuya cabeza estaba tan atronada y tan ofuscada la mente, que no sentia nada: pero no tardó el africano en despertarle de su sueño; pues ciñéndole el cuello con su membrudo brazo, le aferró con tanta violencia y de tal modo, que le arrancó del arzon y le hizo rodar por el suelo.

Apenas se encontró Rugiero tendido en tierra, cuando se puso en pié, lleno, más que de ira, de vergüenza y de despecho; porque fijando sus miradas en Bradamante, observó la palidez del semblante sereno de su amada, que al verle caer, se sintió desfallecida y próxima á morir de angustia. Deseoso Rugiero de vengar aquella afrenta, empuñó de nuevo su espada y arremetió furioso al pagano, el cual le echó encima su caballo con intencion de derribarle; pero el esforzado jóven supo esquivarle haciéndose rápidamente á un lado, y al pasar, cogió con la mano izquierda las riendas del corcel, obligándole á dar vueltas, mientras que con la derecha dirigia su espada contra el vientre, el pecho ó los costados del ginete, á quien hizo sentir por dos veces la frialdad del acero, una en el costado y otra en el muslo.

Rodomonte, que aun conservaba el pomo y la guarnicion de su espada rota, asestaba con ellos tales golpes á Rugiero, que fácilmente podria aturdirle de nuevo; mas el jóven, á quien asistia el derecho á la victoria, le sujetó el brazo, y ayudándose con las dos manos, empezó á tirar de él hasta que logró arrancarle de la silla. La fuerza ó la destreza del pagano hicieron que cayese de modo que quedara al igual de Rugiero; quiero decir que cayó en pié, pues por lo demás toda la ventaja estaba á favor del segundo, que habia conservado su espada. Rugiero se servia de ella para mantener á raya al sarraceno y quitarle las ganas de acercarse á él: sobre todo evitaba cuidadosamente que se le viniera encima aquel cuerpo tan grueso y tan grande, capaz de aplastarle con su peso, y procuraba ganar tiempo á fin de que Rodomonte fuera desangrándose por el costado, por el muslo y por sus demás heridas, hasta dejarle tan desmayado que no tuviese más remedio que confesarse vencido.

Sin embargo, reuniendo el sarraceno todas sus fuerzas, arrojó con furia el pomo de la espada, que aun tenia en la mano, sobre la cabeza de Rugiero, á quien dejó más aturdido que nunca. El golpe le alcanzó en la carrillera del yelmo y en el hombro, con tanta fuerza, que le hizo vacilar y dar traspiés, permaneciendo derecho con mucho trabajo. El pagano quiso entonces precipitarse sobre él, pero no pudo conseguirlo; porque la herida del muslo le impidió dar un paso, y al esforzar su marcha más de lo que podia, cayó con una rodilla en tierra. Rugiero aprovechó rápidamente aquella ocasion propicia, y empezó á golpearle el pecho y el rostro, descargándole tal diluvio de estocadas y estrechándole tanto, que al fin le derribó de un fuerte empujon. Rodomonte, empero, volvió á levantarse, merced á sus esfuerzos sobrehumanos, y logrando alcanzar á Rugiero, le oprimió vigorosamente entre sus brazos. Entonces empezó una terrible lucha cuerpo á cuerpo, en la que cada cual de los combatientes, uniendo el vigor á la destreza, sacudia al otro violentamente, dando contínuas vueltas y aferrándose con inusitada fiereza.

Las heridas del muslo y del costado habian privado á Rodomonte de una gran parte de su fuerza, al paso que Rugiero tenia destreza, una gran inteligencia y estaba muy ejercitado en la lucha: conociendo el jóven héroe sus ventajas, quiso aprovecharse de ellas, y empezó á descargar furiosos golpes con los brazos y el pecho, y con uno y otro pié en donde veia salir la sangre con más abundancia, en donde más peligrosas eran las heridas del pagano. Rodomonte, abrasado de ira y de despecho, cogió á Rugiero por el cuello y por los hombros; le empujó, le hizo oscilar á uno y otro lado, y apoyándoselo en el pecho, lo levantó del suelo, manteniéndole suspendido; volvió á hacerle dar vueltas y á oprimirle estrechamente, y por último, trabajó lo que no es decible para derribarle. Entre tanto Rugiero, recogido en sí mismo, echaba mano de todo su vigor é inteligencia para quedar encima, y á fuerza de ensayar el modo más á propósito para realizar su intento, logró sujetar á Rodomonte; oprimióle el pecho con el costado izquierdo, manteniéndole unido á él con toda su fuerza: al mismo tiempo puso su pierna derecha delante de la rodilla izquierda del pagano, y le pasó la otra por detrás de la rodilla derecha dándole un fuerte empujon: en seguida le levantó del suelo y le hizo caer de cabeza á sus piés.

Rodomonte dejó impresas en la arena su cabeza y su espalda, y tan violenta fué la sacudida, que enrojeció la tierra en un gran trecho con la abundante sangre que brotaba de sus heridas. Rugiero, que se veia ayudado por la Fortuna, procuró impedir que se levantara el sarraceno, colocándole las rodillas sobre el vientre, y sujetándole por el cuello con una mano mientras con la otra dirigia el puñal sobre sus ojos. Así como acontece alguna vez en las minas de oro de la Panonia[201] ó de la Iberia, que si algun hundimiento repentino sorprende á los que en ellas se encuentran atraidos por una criminal avaricia, les deja tan abatidos que apenas puede su acongojado espíritu hallar una salida por donde escaparse, del mismo modo abatió el vencedor al sarraceno, en cuanto consiguió derribarle. Amenazándole con la punta del puñal que habia desenvainado, le intimó la rendicion, prometiendo respetar su vida; pero Rodomonte, á quien causaba menos temor la muerte que demostrar alguna cobardía en la mas insignificante de sus acciones, no respondió una palabra y empezó á retorcerse y á sacudir el peso de su enemigo, haciendo todos los esfuerzos posibles para ponerle debajo.

Así como el mastin, vencido por un feroz alano que ha hecho presa en su cuello, se afana, forcejea y se debate en vano con ojos ardientes y espumosa lengua, y no puede librarse de su tenaz enemigo, superior en fuerza aunque inferior en rabia, así tambien se veia impotente el pagano para salir de debajo del vencedor Rugiero. Sin embargo, se retorció y sacudió en tales términos, que pudo hacer uso de su mejor brazo, y procuró herir á Rugiero en los riñones con el puñal que á su vez habia sacado en aquella ocasion extrema. Conoció el jóven entonces el error que iba á cometer difiriendo por más tiempo la muerte del impío sarraceno, y levantando su brazo cuanto le fué posible, hundió dos y tres veces el hierro del puñal en la horrible frente de Rodomonte, librándose por fin de tan terrible enemigo. El alma desdeñosa del africano, que fué tan arrogante y soberbia en esta vida, se separó de su helado cuerpo, y huyó blasfemando á las estériles orillas del Aqueronte[202].

FIN DEL ORLANDO.