Bradamante preguntó dónde estaba situado aquel castillo, y el buen pastor, en vez de contestarle, se limitó á designárselo con el dedo á una distancia de cinco ó seis millas. A pesar de la rapidez de Rabican, no pudo Bradamante hacerle caminar de prisa por aquel terreno pantanoso y difícil á causa de lo lluvioso del tiempo, y llegó despues que la noche hubo tendido su espeso manto. Halló cerrada la puerta del castillo, y dijo al que lo custodiaba, que deseaba alojarse en él. Le contestaron que estaban ya ocupadas las habitaciones por algunas damas y guerreros que habian llegado antes que ella, y estaban esperando en torno de un buen fuego que terminaran los preparativos de la cena para sentarse á la mesa.
—Como no se la hayan comido ya, exclamó la doncella, no creo que el cocinero la haya guisado para ellos. Ve, pues, y diles que aquí les espero; que conozco la costumbre que rije en este castillo, y me propongo observarla.
Corrió el centinela á llevar á los caballeros esta embajada, tanto menos agradable para ellos, cuanto que estaban descansando cómodamente, y se veian obligados á salir fuera del castillo con un tiempo borrascoso, y cayendo la lluvia á torrentes. Se levantaron, sin embargo; cogieron sus armas con mucha calma, y se dirigieron con bastante lentitud á donde les estaba esperando la guerrera. Aquellos tres caballeros valian tanto, que muy pocos podian igualárseles en el mundo: eran los mismos á quienes habia encontrado Bradamante durante el dia al lado de la embajadora; y habian venido á Francia desde Islandia para conquistar el escudo de oro. Como habian caminado con más rapidez, llegaron al castillo antes que la guerrera. Muy pocos les aventajaban en el manejo de las armas; pero Bradamante era una de estos pocos, y además, por ningun concepto se resignaba á permanecer fuera del castillo aquella noche, mojándose y sin tomar alimento.
Los habitantes de la fortaleza se asomaron á las ventanas y galerías para ver la lucha á la incierta y débil claridad que la Luna esparcia, á pesar de las nubes y de la copiosa lluvia. Deseosa Bradamante de medir sus armas con los tres caballeros, así que oyó abrir las puertas y bajar el puente levadizo, y vió salir por él á sus tres adversarios, sintió una alegría semejante á la de un amante apasionado, que procura entrar furtivamente en la estancia de su amada, cuando despues de mucho esperar, oye por fin la silenciosa llave dando vuelta á la cerradura. En cuanto vió á los tres guerreros salir á un tiempo ó con poca diferencia fuera del puente levadizo, retrocedió para tomar terreno, y lanzó en seguida su excelente corcel á rienda suelta, enristrando la lanza que le confiara su primo, aquella lanza que derribaba indefectiblemente del caballo á todo campeon, aun cuando fuera el mismo Marte. El rey de Suecia, que fué el primero en acometer, fué tambien el primero en quedar tendido en el campo: ¡con tanta violencia dió contra la visera de su yelmo aquella lanza que nunca se habia enristrado en vano! Embistió despues el rey de Gocia, y encontróse sin saber cómo lejos de su corcel con los piés en el aire: el tercero, por fin, midió asimismo el suelo con sus espaldas, quedando medio enterrado en el agua y el barro.
En cuanto Bradamante hubo derribado á sus tres contendientes con otros tantos botes de su lanza, se dirigió al castillo, donde debia recibir la hospitalidad que habia conquistado: mas antes de entrar en él, le hicieron jurar que saldria á combatir con todo caballero que se presentara. El señor del castillo, que acababa de apreciar su valor, le prodigó toda clase de atenciones: por su parte, hizo lo mismo la dama que habia llegado á la fortaleza con los tres vencidos, la mensajera enviada al rey de Francia desde la isla Perdida. Saludó cortesmente á la jóven, y con el agrado y afabilidad, naturales en ella, salió á su encuentro, la cogió de la mano, é hizo que se sentara á su lado cerca del fuego.
Bradamante empezó á desarmarse, y ya se habia quitado el escudo y el yelmo, cuando salió unida á este una cofia de oro en que acostumbraba recoger sus cabellos, los cuales cayeron en ondulantes rizos sobre sus hombros, y descubrieron que aquel guerrero era una doncella tan hermosa como valiente. A la manera que al levantarse el telon suele aparecer la escena, iluminada con mil luces, y adornada con arcos y soberbios monumentos llenos de oro, de estátuas y de magníficas pinturas, ó como cuando el Sol, al rasgar una nube, ostenta su disco refulgente y esplendoroso, así tambien, al quitarse Bradamante el yelmo, pareció mostrar el Paraiso abierto á los ojos atónitos de los circunstantes. Habian crecido los hermosos cabellos que le cortara el monje, y eran ya tan largos, que podia sujetarlos trenzados en la parte posterior de la cabeza, si bien todavía no tenian su primitiva longitud. El señor del castillo habia visto otras veces á Bradamante: así es que la conoció en seguida, y redobló su solicitud y sus cuidados para con ella.
Sentados al rededor del fuego, entretuvieron sus oidos con agradables al par que honestas pláticas, mientras preparaban otro alimento, que proporcionara un placer semejante á sus cuerpos. La doncella preguntó á su huésped si la costumbre que veia establecida en el castillo para albergar á los transeuntes era de fecha reciente, ó si contaba ya algunos años de antigüedad; así como cuándo y quién la estableció. El Castellano satisfizo su curiosidad en los siguientes términos:
—En el reinado de Faramundo, su hijo Clodion amaba á una jóven, donosa y bella, que por sus atractivos no tenia rival en aquella época remota. Tan enamorado estaba de ella, que continuamente se le veia á su lado con una asiduidad igual á la que, segun es fama, empleaba para guardar á Io su pastor[47]; pues en el corazon del príncipe dominaban por igual el amor y los celos. La tenia en este mismo castillo que le habia regalado su padre, y rara vez salia de él: vivian aquí con Clodion diez de los mejores caballeros que por entonces habia en Francia. Cierto dia llegó á esta fortaleza el valiente Tristan, acompañando á una dama, á quien pocas horas antes acababa de arrancar de las manos de un gigante feroz. Presentóse Tristan cuando el Sol habia ya vuelto las espaldas á las playas de Sevilla; y como no habia otro albergue en un rádio de diez millas, pidió aquí hospitalidad. Clodion, que, segun he dicho, estaba tan furiosamente enamorado como celoso, habia resuelto negar la entrada en su castillo á todo caballero indistintamente, mientras permaneciera en él su amada. Viendo Tristan que á pesar de sus repetidos ruegos no encontraba la hospitalidad que pedia, esclamó:
—»Yo sabré obligarte á hacer, á pesar tuyo, lo que no han conseguido mis instancias.