Así dijo, y en seguida condujo á los circunstantes hácia el cuadro donde empezaban las historias, mostrándoles á Sigeberto, que estimulado por los cuantiosos donativos que le ofreciera el emperador Mauricio, bajaba desde el monte de Jove á la extensa llanura regada por el Lambro y el Tesino. Veíase en él á Autharis, no solo rechazando la invasion de los franceses, sino desordenando y aniquilando su ejército[53].

En otro cuadro se veia á Clodoveo atravesando los Alpes á la cabeza de un ejército de cien mil hombres; pero el Duque de Benevento, que no contaba para hacerle frente más que con un número muy reducido de tropas, fingia abandonar el campamento, á fin de que cayera el enemigo en el lazo que se le tendia. La soldadesca francesa se lanzaba sobre el vino lombardo para escarmiento y baldon suyo, quedando prendida en él, como las moscas en la miel[54].

En el cuadro siguiente se veia á Childeberto enviando á Italia una inmensa multitud de capitanes y guerreros franceses; pero sin poder envanecerse, más que Clodoveo, de haber saqueado ó vencido al lombardo; porque cayó sobre su ejército la espada del Cielo produciendo en él tal estrago, que todos los caminos estaban sembrados de cadáveres franceses, muertos de calor ó de disentería, en términos que de cada diez no volvió uno sano[55].

El Castellano les mostró despues á Pepino y en seguida á Cárlos, que bajaban uno tras otro á Italia, consiguiendo ambos ver coronada su empresa de un éxito feliz, por lo mismo que no la habian llevado á cabo con objeto de asolar el país, sino con el de defender el primero al oprimido Pastor Esteban, y el segundo á Adriano y á Leon despues. El uno conseguia domeñar al belicoso Astolfo, y el otro vencer y hacer prisionero á su sucesor, reponiendo al Papa en su honorífico puesto[56].

Mostróles á continuacion al jóven Pepino, que con su ejército parecia cubrir todo el territorio que se extiende desde el Pó hasta las costas orientales. A fuerza de gastos y de mucho trabajo, establecia un puente en Malamocco, cuyo extremo llegaba á Rialto, para combatir sobre él. Despues estaba representado en actitud de huir, dejando á los suyos sepultados bajo las aguas, por haberle destruido el puente las olas y el viento[57].

Seguia á continuacion Luis de Borgoña, que descendia á la llanura en que debia quedar vencido y prisionero, obligándole su vencedor á jurar que nunca volveria las armas contra él. Por haber cumplido mal su juramento, caia de nuevo en el lazo que se le habia tendido, y dejando en él los ojos, le trasladaban los suyos como un topo al otro lado de los Alpes[58].

Representaba la pintura siguiente las portentosas hazañas de Hugo de Arlés, arrojando de Italia á Berengario, y derrotándole dos ó tres veces seguidas, á pesar del auxilio de los hunos y de los bávaros. Obligado despues á ceder al número, capitulaba con el enemigo; pero no sobrevivia mucho tiempo á esta afrenta, y su sucesor, no menos infortunado que él, se veia precisado á ceder á Berengario todos sus estados[59].

Más allá contemplaron á otro Cárlos, que para consuelo del buen Pastor, encendia en Italia el fuego de la guerra, y en dos terribles batallas daba muerte á dos reyes: á Manfredo, primero, y á Conradino despues. Su gente, que tenia el reino oprimido con toda clase de vejámenes, se diseminaba por las ciudades, y al poco tiempo toda ella era degollada al toque de vísperas[60].

El Castellano les enseñó despues (dejando en claro una larga série de años, y aun de lustros), un capitan francés que descendia de los Alpes para hacer la guerra á los ilustres Viscontis, el cual sitiaba á Alejandría con un numeroso ejército, compuesto de infantes y ginetes: el Duque de Milan reforzaba la guarnicion de la plaza sitiada, y al mismo tiempo preparaba no lejos de allí una emboscada, á la que con astucia y maña sabia atraer á los imprudentes franceses. El Conde de Armañac perecia en ella con la mayor parte de sus gentes, cuyos cadáveres yacian esparcidos por toda la llanura, y los restos del ejército caian prisioneros en Alejandría: aumentado el caudal del Tánaro con la sangre derramada en la batalla, se precipitaba en el Pó enrojeciendo sus aguas[61].

Mostróles á continuacion un señor de la Marca y tres condes de Anjou, diciendo: