El anciano prosiguió hablando con Astolfo, y le dejó sumamente maravillado cuando, revelándole su nombre, le dijo que era uno de los evangelistas, aquel Juan tan querido del Redentor, cuyas palabras hicieron creer á sus hermanos que la muerte no pondria fin á sus dias, siendo causa de que el Hijo de Dios dijera á Pedro:—«¿Por qué te inquietas, si quiero que él se quede hasta mi vuelta[108]?»—Y aun cuando no dijo:—«No debe morir,» ellos lo supusieron así. Fué transportado á aquellos lugares, donde encontró á Enoch juntamente con el gran profeta Elias, á quien habia precedido, los cuales no han visto aun llegar su última hora, y gozarán de una primavera eterna, lejos de una atmósfera nociva y pestilente, hasta que las trompetas angélicas anuncien que vuelve Cristo sobre la blanca nube.
Aquellos Santos hicieron al caballero una grata acogida, y le ofrecieron una habitacion en el palacio. El Hipogrifo encontró en otro departamento pienso excelente y abundante. Sirviéronle al Paladin diversos frutos de tan delicioso sabor, que consideró disculpables á nuestros primeros padres si el deseo de gustarlos les obligó á desobedecer las órdenes del Eterno Padre. Luego que el Duque venturoso hubo satisfecho la necesidad inherente á su naturaleza humana, tomando un alimento exquisito y disfrutando un tranquilo reposo, pues en aquella morada se le dispensaron toda clase de comodidades y atenciones, dejó el lecho cuando la Aurora habia salido ya de los brazos de su anciano esposo, á quien ama á pesar de su edad avanzada, y vió que se dirigia hácia él el discípulo más querido del Señor, el cual le tomó de la mano, y empezó á tratar con él de muchas cosas que deben permanecer en silencio. Despues le dijo:
—Tal vez ignoras, hijo mio, lo que en Francia sucede, aun cuando vienes de ella. Has de saber que vuestro Orlando, por haber olvidado su deber, ha sido castigado por Dios, á quien ofenden doblemente las faltas de sus hijos más queridos que las de los que niegan su santa ley. Orlando, que recibió de Dios al nacer una fuerza sobrenatural y un denuedo extraordinario, y alcanzó el don no concedido á mortal alguno de ser invulnerable, porque el Señor quiso constituirle en defensa y escudo de su santa Fé, como constituyó á Sanson en defensa de los Hebreos contra los Filisteos sus enemigos, ha pagado los inmensos beneficios de su Hacedor con suma ingratitud; pues abandonó al pueblo cristiano en los momentos en que más necesitaba de su auxilio, y arrastrado de su amor criminal hácia una infiel, por dos veces ha intentado, cruel é impío, quitar la vida á uno de sus primos. Para castigarle, ha permitido Dios que vaya errante por el mundo, privado de razon y enteramente desnudo; y de tal modo ha ofuscado su inteligencia, que no le es dado conocer á nadie, ni aun á sí mismo. Segun se lee en los libros santos, Nabucodonosor sufrió un castigo semejante: el Señor hizo que aquel poderoso monarca viviera durante siete años privado de juicio y apacentándose de yerba y heno como un buey; pero como el delito del Paladin ha sido menor que el de Nabucodonosor, la voluntad divina ha fijado en tres meses el tiempo en que ha de estar purgándolo. Así, pues, el único objeto que el Redentor ha tenido para permitirte llegar hasta aquí, ha sido el de que supieras por mi boca el medio de restituir su juicio á Orlando. Verdad es que necesitas emprender otro viaje conmigo y abandonar toda la Tierra: debo conducirte al círculo de la Luna, que es de todos los planetas el que más próximo está de nosotros; porque solo en él existe la medicina que ha de curar á Orlando de su locura. En cuanto dicho astro derrame esta noche su luz sobre nuestras cabezas, nos pondremos en camino.
Durante el resto del dia, trató el Apóstol de estas cosas y otras muchas; pero tan luego como el Sol se sepultó en el mar y asomó sus cuernos la Luna, preparóse un carro que estaba destinado para recorrer las regiones celestiales: era el mismo en que desapareció en otro tiempo Elias de ante la vista de la asombrada multitud en las montañas de la Judea. El santo Evangelista unció á él cuatro corceles más resplandecientes que las llamas; Astolfo se colocó en él, empuñó las riendas y lo lanzó hácia el Cielo. Remontóse el carro por los aires con tanta velocidad, que llegó en breve á la region del fuego eterno; pero el Santo amortiguó milagrosamente su ardor mientras la atravesaron. Despues de haber pasado por la esfera del fuego, se dirigieron desde ella al reino de la Luna; vieron que en su mayor parte brillaba como un acero bruñido y sin mancha, y lo encontraron igual, ó poco menos, contando en su tamaño los vapores que le rodean, á nuestro globo terráqueo con los mares que lo circundan y limitan.
Astolfo consideró allí con doble asombro que aquel astro, el cual nos parece un reducido círculo cuando le examinamos desde aquí abajo, era inmenso visto de cerca, y que necesitaba fijar con toda detencion sus miradas cuando queria distinguir la tierra y el mar que la rodea, pues estando envuelta en la oscuridad, apenas eran perceptibles desde aquella elevada altura sus contornos. Descubrió en la Luna rios, lagos y campos muy diferentes de los nuestros: otras llanuras, otros valles, otras montañas, otras ciudades y otros castillos muy distintos, y otras casas de una elevacion cual nunca habia visto el Paladin: allí existen además extensas y solitarias selvas, donde las Ninfas se entretienen en dar contínua caza á las fieras.
Como la causa de la ascension del Duque á las regiones de la Luna no habia sido la de recorrerlas minuciosamente, tuvo que limitarse á apreciar su conjunto, y siguió al santo Apóstol, que le condujo á un valle encerrado entre dos montañas, en el cual se hallaban admirablemente recogidas todas las cosas que se pierden por culpa nuestra, por causa del tiempo ó por los reveses de la fortuna: en una palabra, todo cuanto aquí se pierde va á parar allí. No hablo de los reinos ó de las riquezas que la suerte prodiga ó arrebata, sino de lo que esta no tiene facultades para dar ó quitar. Allí se encuentran muchas reputaciones, que el tiempo, cual gusano roedor, corroe y concluye por destruir: allí se hallan infinitos ruegos y votos que los pecadores dirigen á Dios: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo que se pierde inútilmente en el juego, la ilimitada ociosidad de los ignorantes, los proyectos vanos que no llegan á ejecutarse, los deseos no menos vanos, son tantos, y tantos que llenan la mayor parte de aquel valle: en resúmen, allí arriba podreis encontrar todo cuanto aquí abajo habeis perdido.
Conforme iba pasando el Paladin por entre aquellos montones de cosas perdidas, dirigia preguntas á su guia con respecto á ellos: llamóle, sobre todo, la atencion uno de estos formado por vejigas hinchadas, en cuyo interior resonaban, al parecer, gritos tumultuosos; y supo que eran las coronas antiguas de los asirios, los lidios, los persas y los griegos, tan famosas en otros tiempos y hoy apenas conocidas. Despues vió una masa confusa de anzuelos de oro y plata, que eran los regalos que, con esperanza de mayor recompensa, se ofrecen á los reyes, á los príncipes y á los poderosos. Vió unas guirnaldas, entre las que habia redes ocultas; y preguntando lo que significaban, oyó que eran las lisonjas y adulaciones. Los versos hechos en alabanza de los magnates estaban representados por cigarras de molesto y discordante canto. Los amores mal correspondidos lo estaban por cadenas de oro y grillos de pedrería. Reparó en un monton de garras de águila, y supo que eran el emblema de la autoridad que los reyes dan á sus ministros: los fuelles que estaban esparcidos por todos los ribazos de la montaña, eran las promesas y los favores que los príncipes conceden á sus Ganimedes, y que se disipan con la edad florida de estos. Además vió Astolfo ruinas de castillos y ciudades mezcladas con tesoros: preguntó á su guia por ellas, y supo que eran tratados ó conjuraciones mal encubiertas. Vió serpientes con rostro de doncella, indicando las acciones de los ladrones y monederos falsos; y vió bocas destrozadas de diferentes maneras, resultado de la triste condicion de los cortesanos. Reparó en una gran masa de manjares esparcidos por el suelo, y preguntó al Apóstol lo que aquello significaba.—«Es la limosna, le dijo, que deja alguno para que se reparta despues de su muerte.» Atravesó despues una montaña cubierta de variadas flores, las cuales en otro tiempo exhalaban un olor agradable, convertido á la sazon en un insoportable hedor: era la donacion (si es lícito decirlo) que Constantino hizo al buen Silvestre. Vió una prodigiosa abundancia de varillas de liga, que eran ¡oh mujeres! vuestros atractivos y encantos.
No acabaria nunca, si hubiera de enumerar en mis versos todas las cosas que allí vió Astolfo: todo cuanto procede de nosotros se encuentra allí reunido, excepto la locura, que no existe en poca ni en mucha cantidad, porque permanece constantemente en la Tierra. Allí contempló Astolfo los dias que habia malgastado en su vida y sus acciones inútiles: pero no habria podido conocerlos en sus distintas formas, si su guia no le hubiera llamado la atencion sobre ellos. Despues llegó donde estaba lo que creemos poseer tan firmemente, que jamás se nos ocurre pedir á Dios que nos lo conserve; hablo del juicio, el cual se hallaba en un monte, tan exclusivamente solo, como mezcladas las otras cosas que dejo enumeradas. Era como un líquido sutil y húmedo, pronto á evaporarse si no se le tiene bien tapado, y estaba contenido en muchos frascos de diferentes dimensiones adaptados á tal objeto. En el mayor de todos ellos estaba encerrado el juicio del señor de Anglante, y le encontraron fácilmente entre tantos, porque llevaba esta inscripcion: «Juicio de Orlando.» Los demás frascos tenian escrito tambien el nombre de aquellos cuyo juicio contenian. El Duque vió que su correspondiente frasco estaba vacío en gran parte; pero observó con sorpresa que muchos de los que él suponia en el pleno uso de su razon, no tenian mucha, á juzgar por la cantidad encerrada en sus frascos respectivos. A unos se la habia hecho perder el amor; á otros el deseo de honores; á otros el afan de atesorar riquezas, que les obligaba á cruzar la vasta extension de los mares: estos la habian perdido por tener demasiada confianza en sus señores; aquellos por ir tras las farsas de la mágia; varios por su pasion por las alhajas, ó los cuadros; y otros, en fin, por aquello que más anhelaban. Los sofistas, los astrólogos y aun los poetas tenian allí como en depósito gran parte de su juicio.
Mediante la vénia del escritor del oscuro Apocalipsis, Astolfo se apoderó del suyo: aproximó á sus narices el cuello de la botella que lo contenia, y creyó sentir que la parte de juicio que habia perdido, volvia á colocarse en su primitivo asiento; lo cual seria así, puesto que Turpin confiesa que Astolfo se portó durante mucho tiempo con la mayor prudencia, hasta que un nuevo error que cometió, le trastornó otra vez el cerebro.