Aproximóse entonces Agramante al altar que los paganos habian adornado espléndidamente, y juró que regresaria al África con todo su ejército, y pagaria á Cárlos un tributo igual, si Rugiero quedaba vencido aquel dia, añadiendo que desde luego existiria entre ellos una tregua con las condiciones enunciadas antes por el Emperador. Imitando á este, puso por testigo á Mahoma, con la mano colocada sobre el libro que le presentaba su sacerdote, de que prometia observar fielmente cuanto habia ofrecido. Los dos monarcas se separaron en seguida con presteza, volviendo cada cual á ponerse al frente de sus tropas. Adelantáronse acto contínuo entrambos campeones, para prestar su respectivo juramento. Rugiero prometió que, si su rey le ordenaba por sí mismo ó por cualquier otro conducto la suspension del combate, abandonaria su servicio y pasaria á militar á las órdenes del Emperador. Reinaldo juró á su vez que, si Carlomagno era causa de que se interrumpiera el combate, mientras no quedara vencido ninguno de los dos campeones, se uniria al ejército de Agramante.
Una vez terminadas las ceremonias preliminares, pasó cada cual al lado de los suyos, y á los pocos momentos dieron los clarines la señal del combate. Los animosos guerreros salieron á encontrarse con paso lento y estudiado. Inmediatamente empezó el ataque, y se oyó resonar el ruido de las armas, que esgrimian con sin igual presteza. Con el hacha ó con el puñal se descargaban furiosos golpes en la cabeza y en las piernas con tal destreza y agilidad, que solo viéndolo podia creerse. Rugiero, que combatia contra el hermano de la que poseia su destrozado corazon, procuraba herirle con tal miramiento, que le creyeron menos valiente que su adversario: más atento á la defensa que al ataque, él mismo no sabia lo que deseaba; pues al paso que le hubiera disgustado profundamente dar muerte á Reinaldo, no queria tampoco perder su vida.
Pero he llegado á un punto en que es preciso suspender este relato. En el canto siguiente oireis su conclusion, si quereis venir á escucharla.
CANTO XXXIX.
Agramante rompe el pacto; pero derrotado su ejército, se ve obligado á retirarse al África.—El valiente Astolfo persigue al enemigo hasta Biserta, cuya ciudad asedia. Orlando llega allí casualmente, y el Duque, instruido de lo que debia hacer, le devuelve el juicio.—Dudon encuentra á Agramante en alta mar, y le pone en grave aprieto.
La situacion en que se encontraba Rugiero era en verdad de las más penosas y duras que puedan existir, por lo cual no es extraño que padeciera física y moralmente, al considerar que no podia librarse de una de las dos muertes que ante sí tenia. Si se mostraba menos vigoroso que Reinaldo, se exponia á perecer: si daba muerte al paladin, cansarian la suya los desdenes de su amada, en cuyo ódio, más temible que la misma muerte, incurriria sin remedio.
Reinaldo, á quien no preocupaba idea alguna, hacia todos los esfuerzos imaginables por alcanzar la victoria, y esgrimia altivo y terrible su hacha de armas, descargando tremendos golpes en la cabeza y brazos de su adversario. Rugiero se servia de su arma para parar los golpes, echándose á un lado ó á otro, y cuando á su vez procuraba herir á Reinaldo, era en el sitio en que menos daño pudiera hacerle. A la mayor parte de los señores sarracenos empezó á parecerles muy desigual el combate: pues observaban la poca animacion de Rugiero á quien tenia casi acorralado su enemigo. El monarca africano contemplaba la lucha, cubierto de palidez su rostro, lanzando fuertes suspiros y acusando en su mente á Sobrino, de quien procedia aquel fatal error, puesto que lo habia aconsejado.
Entonces fué cuando Melisa, versada en todas las supercherías del arte de los encantadores ó de los magos, trocó su aspecto femenino en la figura del gran Rey de Argel. Por su rostro, por sus movimientos, era el vivo retrato de Rodomonte, y llevaba la piel escamosa del dragon, la espada y el escudo que acostumbraba usar el sarraceno. Montada en un espíritu infernal que habia tomado la forma de caballo, se dirigió hacia el desanimado hijo del rey Trojano, y le dijo con acento terrible y fruncido entrecejo:
—Señor, habeis cometido una gran falta oponiendo á un franco tan fuerte y tan famoso un adversario jóven é inexperto, en una ocasion en que se trata de la suerte del reino y del honor de África. Apresuraos á interrumpir ese combate, cuyo resultado ha de ser desastroso para nosotros. Confiadlo á Rodomonte, sin que os importe violar el pacto y el juramento hecho de antemano. En momentos tan críticos como los presentes, cada cual debe demostrar hasta dónde alcanza su esfuerzo, y mientras esté yo aquí, tened por seguro que cada uno de vuestros soldados valdrá por ciento.