Aun estaba la flota anclada en la costa de África, esperando un viento favorable, cuando se presentó en ella un navio cargado con los prisioneros que Rodomonte habia hecho en el peligroso puente, donde, segun he dicho varias veces, era tan reducido el espacio para combatir. Entre dichos prisioneros estaban el cuñado del Conde, el fiel Brandimarte, Sansoneto y otros muchos caballeros de Alemania, de Francia y de Gascuña, cuyos nombres creo ocioso recordar. El piloto, que no sospechaba la presencia del enemigo, echó el ancla en aquella playa, dejando muchas millas atrás el puerto de Argel donde se habia propuesto fondear, á no habérselo impedido un fuerte vendabal que impelió la popa más de lo que debia. Creia llegar con toda seguridad entre los suyos, como Progne á su bullicioso nido; pero así que vió el águila imperial, las lises de oro y los leopardos, perdió el color, como suele perderlo el que pone inadvertidamente su pié sobre la serpiente venenosa dormida entre la yerba, y se retira pálido y aterrado huyendo del reptil henchido de rabia y de veneno. No pudiendo ya el piloto huir, ni sabiendo cómo ocultar á sus cautivos, tuvo que resignarse á saltar en tierra, y fué conducido con Brandimarte, Olivero, Sansoneto y otros muchos á la presencia de Astolfo y del hijo de Ogiero, que manifestaron su alegría al ver á sus amigos: en recompensa de su trabajo, fué condenado el patron á remar en las galeras de Astolfo.
El hijo del rey Oton recibió, como os digo, á los caballeros cristianos con señaladas muestras de placer, é hizo que les prepararan un banquete en su pabellon, y que les proveyeran de armas y de cuanto necesitasen. Dudon difirió su salida del puerto accediendo á los deseos de los recien llegados, cuya conversacion le era sumamente grata, y cuyas noticias le sirvieron mucho más que si se hubiera hecho á la mar uno ó dos dias antes. Por ellos vino en perfecto conocimiento del estado en que á la sazon se hallaban los asuntos de Francia y de Carlomagno, y supo tambien dónde podria fondear con más seguridad y obtener mejores resultados. Mientras estaba escuchándolos atento, se oyó un rumor que iba creciendo por momentos, y unas voces de alarma tan terribles, que obligaron á los caballeros á hacer mil distintas suposiciones. El duque Astolfo y sus compañeros se apresuraron á montar á caballo y á empuñar sus armas, y se dirigieron al sitio en que más fuertemente resonaba la gritería, inquiriendo por uno y otro lado el motivo del tumulto, cuando vieron á un hombre tan feroz, que á pesar de ir solo y desnudo, causaba grandes estragos en el campamento. Iba esgrimiendo un palo tan duro, tan pesado y tan macizo, que derribaba sin sentido á cuantos alcanzaba. Ya habia hecho más de cien víctimas, sin que se atrevieran á contenerle, como no fuera arrojándole saetas desde lejos, pues no habia nadie tan animoso que osara aproximarse á él.
Dudon, Astolfo, Brandimarte y Olivero, que habian acudido presurosos al oir aquel estrépito, estaban considerando con asombro la inmensa fuerza y el valor inusitado de aquel hombre feroz, cuando vieron venir á una doncella, vestida de negro, que corrió hácia Brandimarte y le saludó, echándole al mismo tiempo los brazos al cuello. Era la donosa Flor-de-lis, la doncella que tan viva pasion sentia por Brandimarte, y que estuvo á punto de volverse loca de dolor cuando dejó á su amante cautivo en el estrecho puente. Habiendo sabido por el mismo Rodomonte que Brandimarte habia sido enviado á Argel en compañía de los demás cautivos, resolvió atravesar los mares para reunirse á él, y se embarcó en Marsella en una nave de Levante, que pertenecia á un caballero anciano de la familia del rey Monodante, el cual habia recorrido muchos países, así por mar como por tierra, para encontrar á Brandimarte, teniendo por último noticia de que lo hallaria en Francia. Conoció la jóven al momento á Bardino, que así se llamaba aquel caballero, el cual habia criado á Brandimarte en la Roca Silvana, despues de haberle sustraido niño aun al Rey su padre. Cuando Bardino supo la causa del viaje de Flor-de-lis y el modo cómo su protegido habia pasado al África, puso su bajel á disposicion de la doncella, y quiso acompañarla en su travesía. Al llegar á la costa africana, supieron que Astolfo tenia puesto sitio á Biserta, y les anunciaron que quizás Brandimarte estaria con él.
Al ver la jóven á su amante, corrió á abrazarle con tanta mayor alegría, cuanto que sus pasados sinsabores contribuian á aumentarla. No fué menor el júbilo que sintió el gentil caballero al contemplar allí á su adorada y constante compañera, á quien amaba más que á todo en el mundo: le prodigó las más dulces caricias, la estrechó infinitas veces contra su corazon; sus apasionados besos se sucedian sin poder saciar su amoroso fuego, y hubieran continuado así largo tiempo, si Brandimarte, alzando los ojos, no hubiera reparado en Bardino, que habia venido acompañando á la jóven. Extendió las manos con intencion de abrazarle y de preguntarle al propio tiempo el motivo de su venida; pero se lo impidió la multitud de soldados que huian desordenadamente ante aquel palo que el desnudo loco volteaba en torno suyo, abriéndose ancho paso.
Flor-de-lis miró atentamente á aquel insensato, y exclamó dirigiéndose á Brandimarte:—«¡Es el Conde!»—Astolfo conoció tambien á Orlando por el retrato que de él le hiciera el Santo Evangelista en el Paraiso terrestre: de otra suerte, nadie hubiera podido sospechar siquiera que fuese el cortés Paladin aquel ser súcio, insensato, maltrecho y que por su aspecto se asemejaba más bien á una fiera que á un hombre.
Movido Astolfo á compasion, se volvió á Dudon y Olivero que estaban cerca de él, y con lágrimas en los ojos les dijo:—«Ahí teneis á Orlando.»—Los dos caballeros le consideraron con atencion algunos momentos, quedando mudos de asombro y de estupor al verle en tan aflictivo estado. La mayor parte de los circunstantes derramaban lágrimas que arrancaba á sus ojos la piedad y el sentimiento, pero exclamando Astolfo:—«No es ocasion de llorar, sino de pensar en curarle,»—saltó del caballo, y lo propio hicieron Brandimarte, Sansoneto, Olivero y Dudon, rodeando simultáneamente al sobrino de Carlomagno con intencion de sujetarle. Al verse Orlando encerrado en aquel círculo, empezó á esgrimir su palo insensata y desesperadamente, é hizo sentir la fuerza de su brazo á Dudon, el cual, cubriéndose la cabeza con el escudo, pretendió acometerle, y á no haber sido porque la espada de Olivero se interpuso amortiguando la fuerza del golpe, el terrible palo del loco hubiera hecho pedazos el escudo, el yelmo, el cráneo y la cabeza del hijo de Ogiero. A pesar de esto, destrozó el escudo, y cayó con tal furia sobre el almete, que el caballero quedó tendido en el suelo. Sansoneto descargó tambien un tajo sobre el palo, con tal vigor, que le cortó en redondo más de dos brazas. Brandimarte cogió entonces á Orlando por detrás, oprimiéndole vigorosamente con sus brazos, mientras que Astolfo le sujetaba por las piernas; pero dando el loco una furiosa sacudida, lanzó de espaldas al Duque inglés á más de diez pasos de distancia, y aunque no pudo soltarse de los brazos de Brandimarte que le tenia fuertemente asido por mitad del cuerpo, descargó en seguida tan tremendo puñetazo sobre Olivero, que lo tendió á sus piés pálido é inanimado y vertiendo sangre por nariz y ojos. A no ser por el excelente temple del casco que llevaba Olivero, aquel puñetazo le hubiera quitado la vida, á pesar de lo cual cayó el caballero cual si su alma hubiese volado al Paraiso.
Astolfo y Dudon se habian levantado, aunque este con la cara hinchada, y uniendo sus esfuerzos á los de Sansoneto, cuyo golpe habia sido tan certero, acometieron nuevamente á Orlando. Dudon le sujetó tambien por detrás, procurando echarle una zancadilla para derribarle; Astolfo y los demás le cojieron los brazos, y ni aun así podian refrenar sus violentos ímpetus. El que haya visto á un toro perseguido, cuyas orejas sujetan con los dientes los perros de presa, y que corre mugiendo y arrastrando consigo á los tenaces canes de quienes no puede desprenderse, podrá formarse una idea del espectáculo que presentaba Orlando arrastrando consigo á todos aquellos guerreros.
Algun tanto repuesto Olivero del puñetazo que tan mal parado le dejara, levantóse del suelo, y viendo que el sistema seguido por Astolfo no produciria el resultado que se deseaba, arbitró un medio más á propósito para derribar á Orlando, lo puso inmediatamente por obra y surtió el efecto apetecido. Ordenó que le trajeran algunas cuerdas fuertes, en cuyos extremos hizo lazos corredizos, y logró echarlos á las piernas, á los brazos y al cuerpo del Conde: en seguida encargó á cada uno de los guerreros que sostuvieran fuertemente las cuerdas por el extremo opuesto al lazo, y valiéndose de este medio, consiguieron tirar al suelo á Orlando como si fuera un buey ó un caballo.
En cuanto le vieron caer en tierra, se arrojaron todos sobre él, y le ataron más sólidamente de piés y manos: en vano forcejeaba Orlando desesperado y furioso; sus esfuerzos eran ya impotentes. Astolfo dispuso acto contínuo que le trasladaran de aquel sitio, manifestando que queria curarle de su locura; y como Dudon era el de mayor estatura de todos aquellos guerreros, cargó con él y le llevó hasta la misma orilla del mar. Astolfo ordenó que le lavaran el cuerpo siete veces, y que le metieran otras tantas en el agua, hasta hacer desaparecer de su rostro y de sus miembros la endurecida mugre que los cubria: despues le tapó la boca, que despedia fuertes resoplidos, con ciertas yerbas cogidas á este efecto, de modo que solo pudiera respirar por las narices: destapando en seguida la redoma en que estaba encerrado el juicio de Orlando, se la aplicó tan cerca de la nariz, que al hacer Orlando una fuerte aspiracion la vació completamente. ¡Oh prodigio admirable! El Conde recobró en el acto la razon, y sintió renacer su inteligencia con mayor claridad y lucidez que nunca. Sucedióle á Orlando, en cuanto Astolfo hizo desaparecer su locura, lo que al hombre que despierta de un sueño profundo y penoso: no duerme ya, está en la plenitud de sus sentidos, y sin embargo, todavía cree contemplar asombrado las formas horribles de desmesurados mónstruos, que ni existen ni pueden existir, y se le figura estar haciendo aun las cosas extrañas é inusitadas que su imaginacion le representaba durante su sueño.