Tomé yerros de amor que anduve á acero.

Fuí al prado de la santa, que atrevida,

Á quien le dió los piés tomó las manos,

Y hallé á don Juan, que, con suave herida,

Rindió de amor mis pensamientos vanos;

Gallardo á la jineta y á la brida

Domaba dos caballos castellanos,

Que no siempre han de ser los andaluces,

De airosas manos y fogosas luces;

Vine á mi casa llena de deseos,