Pero no tenía nada. Todo se lo había llevado la mula en las alforjas. Felizmente tenía un pedazo de queso en los bolsillos, yesquero, tabaco y papel.

Agua era lo de menos para un arriero.

Se comió el pedazo de queso.

Sacó después su chuspa y armó un cigarro; luego sacó fuego y fumó.

Nadie pasaba por allí, á pesar de la voz que debieron esparcir los de la partida despertando la curiosidad popular.

El arriero fumaba y fumaba y en lugar de otras cosas, cuando tenía necesidad echaba humo y humo.

Y así pasó muchos días, hasta que de hambre se comió la camisa y se murió de una indigestión.

Y entré por un caminito y salí por otro.

No sé si al público le gustará este cuento; en el fogón fué aplaudido.

Yo soy porteño, del barrio de San Juan y nadie es profeta en su tierra.