Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que conmueve la frágil y cobarde naturaleza, cuando acometemos un peligro cualquiera.
Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo el efecto de una lima envenenada.
Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni cristiano, retroceder, y Linconao fué alzado á la carretilla por mí, rozando su cuerpo mi cara.
Aquél fué un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie; del cristianismo sobre la idolatría.
Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas alabando mi audacia y llamáronme su padre.
Ellos tienen un verdadero terror pánico á la viruela, que sea por circunstancias cutáneas ó por la clase de su sangre, los ataca con furia mortífera.
Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un lado á otro, huyendo las familias despavoridas á largas distancias de los lugares infestados.
El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas á su triste suerte, sin hacer más en favor de ellas que ponerles alrededor del lecho agua y alimentos para muchos días.
Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les manda por sus pecados.
He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, á pesar de los esfuerzos de un excelente facultativo, el Dr. Michaut, cirujano de mi División.