Bustos, que no se separaba de mi lado, volvió á decirme:
—No tenga miedo, amigo.
Le contesté, con tono áspero y fuerte:
—Usted me está fastidiando ya con su: No tenga miedo, amigo, y echando un voto cambrónico, agregué:
—Dígame eso cuando me vea pálido.
Algunos indios que entendían el castellano, exclamaron á una: ¡Ese coronel Mansilla, ese cristiano toro!
Caniupán me dijo con aire imperioso: Dame un caballo gordo para comer.
—¿Conque habías entendido la lengua?—le dije.
—Poquito—repuso el indio,—¿dando caballo?