El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco atrás y nada pudieron oir de nuestra conversación.
El padre tenía su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han solido ir á los indios por su gusto ó vivir cautivos entre ellos.
Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de la vida, sino por la fe pública de los indígenas. Me hizo sobre el particular las más benevólas reflexiones, y por último, dándome una muestra de cariño, me dijo: «Bien, Coronel; pero cuando usted se vaya, no me deje á mí, usted sabe que soy misionero.»
Yo he cumplido mi promesa y él su palabra.
Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento, donde á la sazón se hallaba una comisión de indios presidida por Achauentrú, diplomático de monta entre los Ranqueles, y cuyos servicios me han sido relatados por él mismo.
Ya calcularás que los preparativos debían reducirse á muy poca cosa. En las correrías por la Pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno bien montado, se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear, avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, ó peludos, ó mulitas, ó piches, ó matacos que cazar.
Eso es tener todo, andando por los campos, tener que comer.
Á pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar dos cargas de regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, hierba y café. Si alguien llevó otras golosinas debió comérselas en la primera jornada, porque no se vieron.
Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y arreos de todos los que debían acompañarme para que á nadie le faltara maneador, bozal con cabestro, manea y demás útiles indispensables, y en preparar los caballos, componiéndoles los vasos con la mayor prolijidad.
Cuando yo me dispongo á una correría sólo una cosa me preocupa grandemente: los caballos.