Calló, dió vuelta, les habló á los indios en su lengua, siguiéronle éstos, y se alejaron todos, habiendo pasado los pobres padres por un rato asaz amargo, pues creyeron hubiese habido una de pópulo bárbaro.

¡Extraños fenómenos del corazón humano!

Algunas horas después de esta escena, á la que nada notable se siguió, ese mismo hombre tan duramente tratado por mí, se presentó diciéndome:

—Mi Coronel, aquí le traigo este cordero y estos choclos.

El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera á mi vez.

—Gracias, hijo—le contesté,—¿para qué te has incomodado? Apéate, tomaremos un mate y me contarás tu vida.

Apeóse del caballo, maneólo, sentóse cerca de mí y después de algunas palabras de comedimiento dirigidas á los franciscanos, nos contó su historia.

En ese instante gritaron que se avistaban, saliendo del monte, unos bultos colorados.

Ya sabremos lo que era.