Aquí frunció el ceño Crisóstomo, y un tinte de melancolía sombreó su cobriza tez, quemada por el aire y el sol.
—¿Y cómo fué eso?—le pregunté.
—¡Las mujeres! ¡las mujeres, señor! que no sirven sino para perjuicio—repuso.
—¿Y ahora no tienes mujer?
—Sí tengo.
—¿Y cómo hablas tan mal de ellas?
—Es que así es el hombre, mi Coronel: vive quejándose de lo que le gusta más.
—Bueno, prosigue—le dije, y Crisóstomo tomó el hilo de su narración, que ya había predispuesto á todos en su favor, despertando fuertemente la curiosidad.
Cerca de casa vivía otra familia pobre. Éramos muy amigos; todos los días nos veíamos.