Al padre y la madre se los llevaron y los vendieron á los chilenos, para una carga de bebida, que son dos barrilitos de aguardiente. Y he oído decir que están en una estancia cerca de Mucum.
Y esto diciendo, Crisóstomo tomó resuello, como para seguir su narración.
—¿Y has ido á maloquear (invadir), muchas veces?
—Sí, mi Coronel, ¡qué hemos de hacer! hay que buscarse la vida.
—¿Y tienes ganas de salir á los cristianos?
—Estoy casado con una china y tengo tres hijos—contestó, como leyéndose en sus ojos que sí tenía ganas de salir á los cristianos; pero que no lo haría sin su mujer y sus hijos.
Francamente, estos sentimientos paternales me hacían olvidar al hombre que le diera la puñalada á Inés.
¡Qué abismos insondables de ternura y de fiereza oculta en sus profundidades tempestuosas el corazón humano!
Me iba perdiendo en reflexiones, cuando se oyeron varias voces: ¡Ya vienen cerca los bultos colorados!
—No te vayas, Crisóstomo—le dije, y levantándome fuí á posarme en un mogote del terreno para ver mejor los bultos.