Esa mañana, en cuanto salió el sol, se habían ido á la costa de la laguna, se habían dado un corto baño, y recatándose un tanto de nosotros, se habían pintado las mejillas y el labio inferior, con carmín que les llevan los chilenos, vendiéndoselos á precio de oro.

María, la cuñada de Villarreal, más coqueta que su hermana la casada, se había puesto lunarcitos negros, adorno muy favorito de las chinas.

Para el efecto hacen una especie de tinta de un barro que sacan de la orilla de ciertas lagunas, barro de color plomizo, bastante compacto, como para cortarlo en panes y secarlo así al sol, ó dándole la forma de un bollo.

El charqui estaba sabrosísimo—á buena gana no hay pan duro, dice el adagio viejo,—el pucherete suculento; los choclos dulces y tiernos como melcocha.

Los cristianos comimos bien; Villarreal y las chinas se saturaron con aguardiente.

Villarreal lo hizo hasta caldearse, término que, entre los indios, equivale á lo que en castellano castizo significa ponerse calamucano.

Llegó el turno del mate de café, no teniendo otro postre, y habiéndome apercibido de que nos rondaban algunos indios, recién llegados, los llamé, los convidé á tomar asiento en nuestra rueda y les di unos buenos tragos del alcohólico anisado.

Hice acuerdos en ese momento de que no me había informado del cabo conductor de las cargas, de las novedades del camino; y que aquél no habiendo sido interrogado, nada me había dicho al respecto.

Rumiaba si le llamaría ó no en el acto, cuando ciertas palabras cambiadas entre mis ayudantes me hicieron colegir que algo curioso había ocurrido.