El pulpero de enfrente no cree ni entiende nada de eso.

Pero lo pasa bien.

Tiene buena salud, una renta fija, una clientela segura: nadie le inquieta, ni le amenaza, ni le fulmina. Es un desconocido; pero es una potencia.

La suerte debe entrar por mucho; porque de balde no han inventado el refrán: «Suerte te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale».

Y el apellido ha de influir también algo.

Es muy raro hallar un hombre que aborrezca á otro que no sabe cómo se llama.

Por eso, sin duda, los brasileños se mudan el nombre.

El otro día no se me ocurrió esto.

Cuando acabe de leer mi tratadito, he de estar ya en estado de curarme de todas mis supersticiones.