Me cargó y me suspendió vigorosamente, dando un grito estentóreo; lo cargué, y suspendí, dando un grito igual.
Los concurrentes, á cada una de estas operaciones, golpeándose la boca abierta con la mano y poniendo á prueba sus pulmones, gritaban: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
Después que me saludé con Mariano, un indio, especie de maestro de ceremonias, me presentó á Epumer.
Nos hicimos lo mismo que con su hermano, en medio de incesantes y atronadores ¡¡¡aaaaaaaa!!!
Luego vino Relmo,—igual escena á la anterior: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
En seguida Cayupán,—lo mismo: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
En pos de éste, Melideo (alias) cuatro ratones, indio sólido como una piedra, de regular estatura; pero panzudo, gordo, pesado, ¿como quién? como mi camarada Peña, el edecán del Presidente.
Aquí fueron los apuros para cargarlo y suspenderlo.
Mis brazos lo abarcaban apenas; hice un esfuerzo, el amor propio de hombre forzudo estaba comprometido, no alcanzarlo me parecía hasta desdoroso para los cristianos; redoblé el esfuerzo y mi tentativa fué coronada por el éxito más completo, como lo probaron los ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! dados esta vez con más ganas y prolongados más que los anteriores.
Aquello fué pasaje de comedia, casi reventé, casi se me salieron los pulmones, porque esto de tener que dar un grito que haga estremecer la tierra al mismo tiempo que el cuerpo se encorva, haciendo un gran esfuerzo para levantar del suelo un peso mayor que el de uno mismo, es asunto serio del punto de vista de la fisiología orgánica; pero que más que á todo se presta á la risa.