XXVI

La enramada de Mariano Rosas.—Parlamento y comida.—Agasajo.—Pasión de los Indios por la bebida.—Qué es un yapaí.—Epumer hermano mayor de Mariano Rosas.—Él y yo.—Me deshago de mi capa colorada.—Regalos.—Distribución de aguardiente.—Una orgía.—Miguelito.

De las dos proposiciones de Mariano Rosas sobre las bestias, opté por la primera, teniendo presente que el ojo del amo engorda el caballo.

Llamé á Camilo Arias y le di mis órdenes; Mariano las completó con varias indicaciones relativas al mejor pasto, al agua, á las horas de recoger y encerrar, según lo que se dispusiera. Terminó recomendando el mayor cuidado y vigilancia de día y de noche, por los indios gauchos ladrones, probándome con lo primero, que era hombre entendido en asuntos de campo, con lo segundo, que no es mal sastre quien conoce el paño.

Pasamos á la enramada, que quedaba unida al toldo. Éste es siempre de cuero, aquélla de paja, generalmente de chala de maíz. Otro día, cuando entremos en un toldo, veremos cómo está construido y distribuido; hoy quedemos en la enramada, que era como todas, un armazón de madera, con techumbre de plano horizontal. Tendría sesenta varas cuadradas.

Allí habían preparado asientos. Consistían en cueros de carneros, negros, lanudos, grandes y aseados; dos ó tres formaban el lecho, otros tantos arrollados el respaldo. Estaban colocados en dos filas y el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes y visitas. La fila que me designaron á mí miraba al Naciente; á la derecha, en la primera hilera, veíase un asiento que era el mío, más elevado que los demás, con respaldo ancho y alto con dos rollos de ponchos á la derecha é izquierda, formando almohadones.

Todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con comodidad, con las piernas cruzadas á la turca, estiradas, dobladas; acostarse, reclinarse ó tomar la postura que se quisiera.

Frente á frente de mí se sentó Mariano Rosas; aunque él habla bastante bien el castellano, lo mismo que cualquiera de nosotros, hizo venir un lenguaraz. Convenía que todos los circunstantes oyesen mis razones para que llevasen lenguas á sus pagos y se hiciese en favor mío una atmósfera popular.

El parlamento comenzó como aquellos avisos de teatro del tiempo de Rosas, que decían, después de los vivas y mueras de costumbre (¡y qué costumbre tan civilizada y fraternal!), se representará el lindo drama romántico en verso Clotilde, ó el crimen por amor, verbigracia, que cuadraba tan bien con el introito del cartel como ponerle á un santo Cristo un par de pistolas.