Comía como un bárbaro—me acomodaba á mi gusto en el magnífico asiento de cueros y ponchos; decía cuanto disparate se me venía á la punta de la lengua y hacía reir á los indios ni más ni menos que Allú á la concurrencia.
Al que se me acercaba, algo le hacía—ó le daba un tirón de narices, ó le aplicaba un coscorrón, ó le pegaba una fuerte palmada en las posaderas.
Los más chuscos me devolvían con usura mis bromas.
Se acabó el primer plato y trajeron otro, como para frailes pantagruélicos, lleno de asado de vaca, riquísimo.
Materialmente—me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer á manteles que en el suelo y en Leubucó.
Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y molido, á manera de postre; es bueno.
Trajeron agua en vasos, jarros y chambaos (es un jarrito de aspa).
Y, á indicación del dueño de casa, que con impaciencia gritó varias veces: ¡trapo! ¡trapo! (los indios no tienen voz equivalente) unos cuantos pedazos de género de distintas clases y colores para que nos limpiáramos la boca.
Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida.