Epumer comenzó á ponerse como una ascua, terrible.
Mariano quiso sacarme de allí: me negué, su hermano quería beber conmigo y yo no quería abandonar el campo, exponiéndome á las sospechas de aquellos bárbaros.
Soy fuerte, contaba conmigo.
Si la fortuna no me ayudaba, alguna vez se acababa todo, algún día termina esta batalla de la vida en que todo es orgullo y vanidad.
—Yapaí—me dijo Epumer, ofreciéndome un cuerno lleno de aguardiente.
—Yapaí—contesté horripilado;—yo podía beber una botella de vino en una sentada. Pero un cuerno, al mejor se la doy.
En ese instante y mientras Epumer apuraba el cuerno, una voz suave me llamó al oído.
Di vuelta sorprendido, y me hallé con una fisonomía infantil, pero enérgica.
—Y ¿quién eres tú?