—¡Cáiganle! ¡dénle!

Al doblar una cuadra me topé con unos cuantos, que no tuve tiempo de reconocer.

—¡Alto ahí!—me gritaron.

Hice alto.

—¿Quién es usted?—me preguntaron.

—Miguel Corro—contesté.

—¡Maten! ¡maten!—gritaron.

Hicieron fuego de carabina, me dieron sablazos y caí tendido en un charco de sangre. Por suerte no me pegaron ningún balazo. De no, ahí quedo para toda la siega.

Y esto diciendo, Miguelito cayó en una especie de sopor, del que volvió luego.