La monomanía de la imitación quiere despojarnos de todo; de nuestra fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición.
Nos van haciendo un pueblo de zarzuela. Tenemos que hacer todos los papeles, menos el que podemos. Se nos arguye con las instituciones, con las leyes, con los adelantos ajenos. Y es indudable que avanzamos.
Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los problemas de nuestra organización é inspirándonos en las necesidades reales de la tierra?
Más grandes somos por nuestros arranques geniales, que por nuestras combinaciones frías y reflexivas.
¿Adónde vamos por ese camino?
Á alguna parte, á no dudarlo.
No podemos quedarnos estacionarios, cuando hay una dinámica social, que hace que el mundo marche y que la humanidad progrese.
¿Pero esas corrientes que nos modelan como blanda cera dejándonos contrahechos, nos llevan con más seguridad y más rápidamente que nuestros impulsos propios, turbulentos, confusos, á la abundancia, á la riqueza, al reposo, á la libertad en la ley?
Yo no soy más que un simple cronista; ¡felizmente!
Me he apasionado de Miguelito, y su noble figura me arranca, á pesar mío, ciertas reflexiones. Allí donde el suelo produce sin preparación ni ayuda una alma tan noble como la suya, es permitido creer que nuestro barro nacional empapado en sangre de hermanos, puede servir para amasar sin liga extraña algo como un pueblo con fisonomía propia, con el santo orgullo de sus antepasados, de sus mártires, cuyas cenizas descansan por siempre en frías é ignoradas sepulturas.