—¿Y la Dolores vive con sus padres?
—Sí, mi Coronel—me contestó,—son gente buena y rica, y cuando han visto á su hija en desgracia no la han abandonado; la quieren mucho á mi hijita. Si algún día me puedo casar ellos no se han de oponer, así me lo ha dicho la Dolores.
¡Pero cuándo se muere la otra! Luego yo no puedo salir de aquí porque la justicia me agarraría y mucho más del modo cómo me escapé.
—¿Y cómo te escapaste?
—Seguía preso. Mi madre vino un día y me dijo:
Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han convidado para una jornada, que se anda haciendo rogar á ver si son espías; que en cuanto esté seguro que juegan limpio se va á meter en la cosa con la condición de que lo primero que han de hacer es asaltar la guardia y salvarte; que de no, no se mete.
En eso anda. No hay nada concluido todavía. Esta noche han quedado de ir los hombres y mañana te diré lo que convengan.
Yo lo animo á tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que nos queda, y le pongo velas á la Virgen para que nos ayude. Todas las noches sueño contigo y te veo libre, y no hay duda que es un aviso de la Virgen.
Al día siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era quien diera el grito. Decían que don Felipe Saa debía llegar de oculto á las dos noches, y que él lo daría; que si no venía, como había un día fijo, lo daría el que fuese más capaz de gobernar la gente que estaba apalabrada. Don Juan Saa debía venir de Chile al mismo tiempo.
Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habían arreglado.