Y con esto termina la historia real de Miguelito, que mutatis mutandis, es la de muchos cristianos que han ido á buscar un asilo entre los indios.

Ese es nuestro país.

Como todo pueblo que se organiza, él presenta cuadros los más opuestos.

Grandes y populosas ciudades como Buenos Aires, con todos los placeres y halagos de la civilización, teatros, clubs, jardines, paseos, palacios, templos, escuelas, museos, vías férreas, una agitación vertiginosa—en medio de unas calles estrechas, fangosas, sucias, fétidas, que no permiten ver el horizonte, ni el cielo limpio y puro, sembrado de estrellas relucientes,—en las que yo me ahogo, echando de menos mi caballo.

Fuera de aquí, campos desiertos, grandes heredades, donde vegeta el proletario en la ignorancia y la estupidez.

La iglesia, la escuela, ¿dónde están?

Aquí el ruido del tráfago y la opulencia que aturde.

Allá, el silencio de la pobreza y la barbarie que estremece.

Allí, todo aglomerado como un grupo de moluscos, asqueroso por el egoísmo.

Allí, todo disperso, sin cohesión, como los peregrinos de la tierra de promisión,—por el egoísmo también.