Miguelito me decía:
—No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás.
Cuando rehusaba un yapaí, gruñían como perros, la cólera se pintaba en sus caras vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía entender.
Miguelito me decía:
—Se enojan porque usted no bebe, mi Coronel; dicen que lo hace por no descubrir sus secretos con la chupa.
Yo entonces me dirigí á alguno de los presentes y lo invitaba, diciéndole:
—Yapaí, hermano, y apuraba el cuerno ó el vaso.
Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes dados en la boca abierta, con la palma de la mano, estallaba incontinenti.
¡¡¡Babababababababababababababababa!!!
Resonaba ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos gritones.