—Aquí todos somos iguales, repuso, agregando algo indecente.

Agarré una astilla de leña enorme, levanté el brazo, y diciéndole: ahora verás,—iba á darle un garrotazo, cuando mi comadre Carmen me contuvo, diciéndome:

—No le haga caso, compadre, á ese negro borracho.

Dirigióse á él hablándole en araucano, y el negro, que se había puesto de pie, volvió á sentarse, diciéndome:

—Dispense, su mercé.

—¡Estás dispensado—le contesté,—pero cuidado con volver á tratarme como me has tratado!

Intentó desplegar su acordeón. Era en vano. Me hacía el efecto de una lima de acero, que raspa los dientes.

Tuvo que renunciar á su pasión filarmónica. Tomó la palabra, y siguió hablando de sus opiniones políticas, y de las delicias de aquella tierra.

—Aquí hay de todo, mi Coronel, me decía. Al que es hombre de bien, lo tratan bien, y al que es pícaro, el General Mariano lo castiga, haciéndole trabajar en las obras públicas.

Solté una carcajada amplia é ingenua.