Yo me negaba inflexiblemente.
Y no sólo me negaba á que luciera su habilidad, sino que le amenazaba con hacerle perder la gracia de Mariano Rosas, si no tenía juicio, mandándole á éste á mi regreso al Río 4.º, un organito de resorte.
—Entonces—le decía,—ya no serás un hombre necesario aquí.
Salió el sol; tenía necesidad de refrescar mi cuerpo. Recuerda, Santiago amigo, que no he dormido ni me he lavado, desde que estábamos en Calcumuleu.
Pregunté si no había por allí cerca dónde bañarse.
Me dijeron que sí, que á veinte cuadras de distancia había un gran jagüel, con piso de tosca, donde se bañaban de madrugada las chinas de Mariano y él mismo.
Le pedí á un cristiano que me lo enseñara.
Llamé á un asistente, hice traer un caballo, abandoné el fogón, salté en pelo y de una sentada estuve en el baño.
Hacía un frío glacial. Manuel Gazcón, que es un pato, un hidrópata por estudio y por convicción, se habría deleitado allí.