Enlazada y pialada la res, cayó en tierra.

Creí que iban á matarla como lo hacemos los cristianos, clavándole primero el cuchillo repetidas veces en el pecho, y degollándola en medio de bramidos desgarradores que hacen estremecer la tierra.

Hicieron otra cosa.

Un indio le dió un bolazo en la frente dejándola sin sentido.

En seguida la degollaron.

—¿Para qué es ese bolazo, hermano?—le pregunté á Mariano.

—Para que no brame, hermano—me contestó. ¿No ve que da lástima matarla así?

Que la civilización haga sus comentarios y se conteste á sí misma, si bárbaros que tienen el sentimiento de la bondad para con los animales sean susceptibles ó no de una generosa redención.

Degollada la res, la abandonaron á las chinas. Ellas la desollaron, la descuartizaron y la despostaron, recogiendo hasta la sangre.

Mariano Rosas y yo nos volvimos juntos á su toldo, conversando por el camino como dos viejos camaradas.