Yo veía todos estos preparativos, echando miradas furtivas al interior del toldo.
El negro del acordeón se presentó con su instrumento en mano. Estaban identificados por lo visto, no podían separarse; sin negro no había acordeón, sin acordeón no había negro.
Preludió un airecito y entonó unas coplas de su invención.
También era poeta, ya lo previne, aunque haciendo constar que sus baladas no recordaban las de Tirteo.
«Señor don Mariano Rosas
La familia ya lo espera.»
Cantó el maestro de ceremonias de Leubucó, fiel judío de la política, resuelto á esperar allí hasta la consumación de sus días la venida del Mesías—el regreso del Restaurador.
Mariano le miró con esa cara benévola, con esa sonrisa afectuosa con que los hombres ensoberbecidos por el poder miran á sus palaciegos y aduladores.
El negro que conocía su posición, hizo algunas piruetas y danzó.
Parecía un sátiro.
Tenía la mota parada como cuernos, los ojos saltados enrojecidos por el alcohol, unas narices anchas y chatas llenas de excrecencias, unos labios gordos y rosados como salchichas crudas.