Ya no hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de recibir otro balazo en la otra pierna.
—Pero cabo, retírese, hombre, se lo ordeno, le dije.
—Cuando usted se retire, mi Comandante, me retiraré,—repuso, y echando un voto, agregó:—¡paraguayos, ahora verán!
Y ebrio con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba su fusil con la rapidez del rayo como si estuviese ileso.
Aquel hombre era bravo y sereno como un león.
Ordené á algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí, y seguí para la izquierda.
El asalto se prolongaba...
Yendo yo con una orden recibí un casco de metralla en un hombro, y no volví al fuego de la trinchera.
Pocos minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre de sus héroes, pero cubierto de gloria.