Mientras éste vino, me enteró de algunas costumbres de su tierra.
—Hermano—me dijo, más ó menos,—aquí á mi toldo puede entrar á la hora que guste, con confianza, de día ó de noche es lo mismo. Está en su casa. Los indios somos gente franca y sencilla, no hacemos ceremonia con los amigos, damos lo que tenemos, y cuando no tenemos pedimos.
No sabemos trabajar, porque no nos han enseñado. Si fuéramos como los cristianos, seríamos ricos, pero no somos como ellos y somos pobres. Ya ve cómo vivimos. Yo no he querido aceptar su ofrecimiento de hacerme una casa de ladrillo, no porque desconozca que es mejor vivir bajo de un techo que como vivo, sino porque, ¿qué dirían los que no tuviesen las mismas comodidades que yo? Que ya no vivía como vivió mi padre, que me había hecho hombre delicado, que soy un flojo.
Era excusado refutar estas razones; me limitaba á escuchar con atención y manifiesto interés.
Siguió hablando y me explicó, que entre los indios no existe la prostitución de la mujer soltera. Ésta se entrega al hombre de su predilección. El que quiere penetrar en un toldo de noche, se acerca á la cama de la china que le gusta y le habla.
Ni el padre, ni la madre, ni los hermanos le dicen una palabra. No es asunto de ellos, sino de la china. Ella es dueña de su voluntad y de su cuerpo, puede hacer de él lo que quiera. Si cede, no se deshonra, no es criticada, ni mal mirada. Al contrario, es una prueba de que algo vale; de otra manera no la habrían solicitado, ó cancaneado.
En lengua araucana, el acto de penetrar en un toldo á deshoras de la noche se llama cancanear y cancán equivale á seducción.
Los filólogos franceses pueden averiguar si estos vocablos se los han tomado los indios á los galos ó éstos á los indios.
Yo sólo sé decir que es muy curioso que entre indios y franceses cancanear y cancán, respondan á ideas que se relacionan con Cupido y sus tentaciones.
Como se ve, la mujer soltera es libre como los pájaros para los placeres del amor entre los indios.